...no creía en lo que veía, y siempre sospechaba que en cada persona la vida auténtica, la más interesante, transcurría bajo el manto del misterio, como bajo el manto de la noche...

Antón Chéjov, La dama del perrito

miércoles, 5 de noviembre de 2014

el arquitecto


(Fotografía de Joachim Malik) 


Dicen que ha sobrevivido a todos los vecinos del pueblo. Que un día, nadie sabe ya cuándo fue, se presentó en el lugar advirtiendo que su oficio era cuidar de los muertos. Enseguida se apresuró a aclarar que no tenía que ver con los trabajos funerarios ni con los enterramientos ni con las almas en pena, de lo cual ya se encargaban otros. Que él era simplemente un esteta, un recuperador de la imagen de los difuntos, y no solo de restos. Oficio que solo es posible tras una labor prudente y distanciada del tiempo, decía. El tiempo es el gran hacedor - pontificaba en ocasiones- y los humanos son sus acólitos. Se hizo cargo de un pequeño osario cuyos restos procedían de viajeros y peregrinos extraviados en la ruta. Allí, en el reducido cubículo abovedado situado sobre un leve promontorio, proyectó su visión personal del mundo de los vivos sobre el mundo de los muertos. Desde el zigurat de la memoria, como solía denominar al osario, ordenó y reordenó aquella dispersión de tibias, fémures, cúbitos, vértebras, pelvis, costillas, infinidad de huesecillos menores y, finalmente, calaveras. No trató jamás de ningún modo de reconstruir con aquel material disperso esqueletos completos porque, afirmaba severo, no es misión del hombre restaurar lo que no tiene vida. Él simplemente limpiaba el sarro de los huesos, los apilaba, entrecruzaba unos con otros, daba prioridad a los más representativos, aseguraba la estabilidad de los débiles a través de descargas ingeniosas que se apoyaban en los más sólidos. En fin, formaba con ellos arquitecturas, que en modo alguno se correspondían con la configuración anterior de un esqueleto. Éste era su humilde propósito, realzar el valor de todo aquel continente de los cuerpos, proyectándolos más allá de su dimensión en vida. Cuando le preguntaban de dónde le había venido aquel arte él respondía: el cuerpo humano es arquitectura dinámica, espacio en continua renovación sobre sí mismo. Soporta todos los ciclos de la existencia y se modifica y adapta en función de las necesidades que los años imponen a los hombres. Al ver que sus interlocutores asentían con sorpresa y, a su vez, reconocían su pizca de sabiduría aquel hacedor de arquitecturas humanas se extendía aún más en sus observaciones. El cuerpo humano -comentaba exultante- es la edificación más consecuente y completa porque reúne todos los elementos: la materia prima que es y no es solo la bruta, la técnica de depuración sobre sí mismo, la disponibilidad pausada de los días, los mecanismos adecuados de levantamiento del edificio carne, el ajuste dinámico de las fuerzas que lo erigen y, naturalmente, el sentido final para el cual es levantado. ¿Quieres decir que con ese objetivo persigues el reconocimiento eterno y la gloria de Dios?, le provocaban los más clericales. Pero él no se achicaba, sino que peroraba seguro de sí mismo: Quiero decir que el cuerpo es el más excelso templo de la materia, la mayor gloria que el azar y la confluencia de las fuerzas físicas han podido disponer para el disfrute de nuestros días pero que también, desgraciadamente, padece nuestros descuidos y limitaciones. Aún le daban la vuelta de tuerca sus oponentes. Pero lo que haces es una arquitectura destinada a ser ceniza, le respondían tratando de apuntillar sus argumentos. Y el arquitecto de muertos aseveraba sin perder los papeles: ¿Os parece polvo y olvido toda esta construcción donde los hombres que fueron antes han dado paso a ser un hombre único? ¿Hay mayor gloria que reconstruir para nuestros antepasados otra dimensión con sus huesos antes de que se pudran en la tierra? Fue entonces cuando el viejo herrero de la aldea, solitario y de vuelta de todas las ingratitudes de la vida, habló: Nunca fui bello ni letrado ni creí en las promesas sobre una eternidad por parte de aquellos que han vivido cómodamente de hacer promesas. Lo mío fue golpear el yunque y poco más. Estoy enfermo y apenas me queda algo por ver. Apúntame para esa otra existencia que tú creas y que, al menos, puedo saber cuál va a ser.



12 comentarios:

  1. ¿Quién no puede dar una extensa explicación sobre un acontecimiento? es fácil, lo raro es contenerse y ... mirar
    Me gusta tu parábola, así sin más ...

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    1. Depende de la mirada sobre el acontecimiento, María. Gracias por comentar.

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  2. Práctico, el herrero...
    Un texto impecable que da qué pensar.
    =)

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    1. Y experimentado por herrero y por viejo. Un abrazo.

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  3. Resuena familiar. Conozco algun agotamiento por parecida actividad.
    Me gusta la intervención del herrero. Mi abuelo paterno lo fue.

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    1. Es lo que tiene el yunque, la doble reflexión mientras se golpea sobre las adversidades de la vida y no dejando solo que ellas se ceben sobre los hombros de herreros de cada cual.

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  4. Construir un universo que continúe dando otra especie de vida a esos huesos con una arquitectura diferente a la que tuvieron en vida.
    Todo transcurre en permanente construcción, este relato y las respuestas del personaje también los has construido de una forma magnífica.
    Excelente!


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    1. Puede que sea una obsesión meramente estética la del arquitecto, o que quiera prolongar de otro modo el sentido de las cosas a través de sus continentes...Gracias por pasar.

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  5. Y quién no quiere ser parte de una arquitectura duradera??? Lo soñamos con vehemencia!!!

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    1. Tal vez ya lo somos, pero implica dimensiones que no solemos percibir o a las que nos resistimos. Gracias, Darío.

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  6. Me encantó el remate.
    Un gusto leerte.
    Saludos.

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    1. Gracias a ti por pasar, leer y emitir impresiones. Saludo.

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