...no creía en lo que veía, y siempre sospechaba que en cada persona la vida auténtica, la más interesante, transcurría bajo el manto del misterio, como bajo el manto de la noche...

Antón Chéjov, La dama del perrito

domingo, 30 de diciembre de 2012

el novel


(Fotografía de Martin Stranka)


Las cosas importantes siempre ocurren de madrugada. Un cólico, una idea estimulante, un parto, el tarareo interno de una canción, la muerte. Es un paisaje que aún no tiene luz pero en el que la oscuridad ya no se siente victoriosa. Una zona imprecisa, que coge lo mejor y lo peor del resto de las horas. Fue en uno de esos espacios fronterizos cuando el poeta anónimo extrajo de sus ensoñaciones unos versos que le parecieron luminosos. Trató de retenerlos y con labios débiles los recitó varias veces. Incapaz de sobreponerse al combate con la modorra, dar la luz y escribir en el cuaderno, el poeta en ciernes convirtió sus confusas palabras en un salmodio que fue evaporándose a medida que el sueño le volvía a poseer. 

Pero soñó que declamaba en la tertulia de los renombrados escritores de la ciudad. Entusiasmado por el silencio y la expectación con que era escuchado, el vate primerizo no advirtió que los papeles que debían contener sus poemas aparecían en blanco. Él seguía recitando de memoria, poniendo un énfasis conmovedor, y se crecía a medida que concitaba más y más admiración. Cuando terminó su lectura, el maestro de poetas, un hombre ya en la edad provecta y torpe de movimientos, le dijo: “Joven, me ha cautivado. Su obra es una revelación. En el futuro se dirá que hay un antes y un después de su largo poema. Es preciso publicar inmediatamente ese cuaderno”. 

El poeta novel se despertó justo a tiempo de no ver que el poeta que llevaba dentro entregaba un cuaderno sin textos al maestro de poetas de la ciudad. En el clarear lento del día le pareció ver los pergeños del poema completo. Acto seguido se puso a transcribirlo desde el vacío. Tal es el poder de la madrugada.



jueves, 27 de diciembre de 2012

el asceta


(Fotografía de Ueno Hikoma)



En su enésima crisis de hastío Kuichi Ogawa decidió desaparecer. Le buscaron entre los bosques de bambú de los alrededores, por las riberas de los arroyos, en los viejos molinos abandonados. Registraron con pértigas los pozos en desuso y prospectaron las ciénagas. Preguntaron a los caminantes y a los viajeros de la recién inaugurada línea de ferrocarril. Como quiera que las autoridades locales y los vecinos no tuvieran pista alguna de su paradero, dieron aviso a las autoridades superiores. Estas, desbordadas por casos diversos de desapariciones, corruptelas y delitos de toda clase, cursaron oficialmente el asunto pero poco a poco fue cayendo en una investigación lenta y definitivamente en una demora interminable. Y de la demora pasó al olvido.

Los familiares de Kuichi se dividieron entre los que opinaban que puesto que el hombre ya había vivido otras situaciones difíciles anteriormente no había por qué preocuparse,  que siempre había salido de circunstancias análogas por más graves que fueran, y quienes pensaban que había sucedido un fenómeno extraño, cuya explicación nadie tenía pero que podía remontase a su infancia. Alguien recordó que la abuela solía decir acerca del carácter travieso e inquieto de Kuichi: a este niño le matarán los nervios. Tal comentario jocoso de la anciana venía a tenerse en consideración ahora como justificación de algún desconcertante estado de desequilibrio que Kuichi Ogawa arrastrara ocultamente desde la niñez. 

Vino la guerra y, por lo tanto la movilización. Creció el control férreo del gobierno para garantizar la colaboración sumisa de la población y, tras muchos avatares, miserias y sufrimientos de varios años, la rendición definitiva y el sometimiento al vencedor. Un día, al volver los moradores de la casa Ogawa de sus quehaceres encontraron a Kuichi sentado sobre el tatami, bastante más asténico que cuando desapareció. Daba la impresión de haberse convertido en un asceta. Fue el hermano pequeño, que no había sido movilizado, el que le increpó: “¿Dónde has estado todo este tiempo? Nosotros sufriendo aquí, primero por tu desaparición y luego por la maldita guerra, donde han muerto nuestro padre y nuestros hermanos, y tú apareces ahora como si fueras un monje por encima del bien y del mal”. La madre anciana y las hermanas de Kuichi Ogawa ya se habían sentado alrededor de él, emocionadas y con deseos de abrazarle, pero ni Kuichi alteró su gesto relajado ni el hermano cesó en su conminación. “Dinos algo. Hemos padecido mucho. No puede ser que no nos merezcamos una respuesta. Si te ocurrió una desgracia debemos saberlo. Ahora que casi todos nuestros vecinos han perdido a familiares en el baño de sangre vamos a ser la vergüenza. Aunque nadie pueda hacerte ya nada, todos te señalarán como un desertor oportunista y tramposo.” Kuichi alzó su rostro envejecido, agitó su coleta y le respondió a su hermano con modo calmo pero firme: “Solo deserta el que se deja llevar a la muerte por una causa innoble. No lo tomes como blasfemia. Hemos vivido resignados al destino de siervos y hemos pagado un alto precio. Yo también.” Entonces se levantó, se subió su larga camisa y mostró una cicatriz deforme que le recorría desde la nalga en vertical toda la espalda. Luego se arrodilló e invitó a sus hermanos y a su madre: “Ahora, vamos a recordar a nuestros antepasados. En sus padecimientos, en sus humillaciones e incluso en sus errores”.



lunes, 24 de diciembre de 2012

la indígena


(Fotografía de Graciela Iturbide)



Viene sentada frente a mí. Me ignora. Yo miro su boca. Sería mentira si dijera que veo a una viajera ordinaria, a una mujer común, a una persona habitual. No solo miro, sino que además busco. Cierto que lo hago con delicadeza. Como si no pareciese que la miro. Incluso trato de desviar mi atención contemplando el exterior desde el autobús. Sus proporciones menudas, y no obstante muy medidas, suscitan que me recree. Esas facciones reclamando que se las analice detalladamente. Frente grande, pelo atezado y liso, desperdigado, ojos almendrados y amplios, nariz prudente, cuello esbelto. Su boca encarrila mi mirada. Sus labios no tienen una carnosidad excesiva, pero sí muy marcada. Pienso en los desconocidos arqueros que hayan tensado aquellos labios. El conjunto de su rostro se muestra prieto, nada distendido. Su ceño, una máscara. De cualquier otra mujer hubiéramos creído que se trataba de un rostro enfermo. En ella parece solamente cólera. Pero, ¿acaso es poco mal sentirse dominado por la ira? 

No centra su mirada en nadie. Sé que me desprecia y, a su vez, que no le importa que la observe. Quiero pensar que no es un desprecio irreversible, sino un mensaje que dice: no estoy, no recibo; pero que sepas que puedo estar. Un desplazamiento en autobús no da sino para repasar los quehaceres pendientes, calcular los tiempos, adivinar qué dejaremos para otro día. Pero a mí me gusta imaginar que un viaje de una hora puede ser más largo y abrir otros viajes. “No la he visto otros días. ¿No es usted de aquí?”, la pregunto con desenfado. "No, soy de Coyoacán, no vengo mucho por esta parte”, y en su respuesta hay al menos dos datos, que en realidad es uno, que tal vez no sea sino cero, lo que no cuenta. Se entrega al paisaje de las casas bajas de la avenida interminable. La curva de su boca es menos rígida. Son dos curvas en realidad, pero en aquella armonía la línea fronteriza se me antoja imprecisa. Al no estar tan contraída yo la miro más, la sigo palmo a palmo, con sus altibajos y sus desniveles. “¿Usted vive en Coyoacán también?”, me sorprende la mujer. “Oh, no, yo vivo en Las Lomas; vine a ver a un amigo. Ayer enterraron a su padre”, le respondo. Y ella: “Vaya. La gente se sigue muriendo. Vaya”. Y este segundo vaya no sé si significa lo mismo que el primero: qué mala suerte la de ese hombre, porque la muerte sigue, y no los libra, todo eso. O bien: qué mala suerte que usted no viva en Coyoacán porque yo vivo allí y allí todo está más cerca y vernos es menos difícil y…¡Basta! Me digo a mi mismo basta porque puesto a soñar no hay quien me supere. “¿Sabe? -y tiendo un puente- Es fácil que en breve tenga que volver, la madre de mi amigo está también próxima a la fatalidad”. Ella fija por una vez su mirada en la mía. “Vaya - vuelve a decir- Qué mala suerte es morirse”. Y permanece callada un rato. Luego: “¿Se ha dado cuenta que morirse es siempre una excusa?”. Me siento agitado y solo sé decir: “¿Usted cree?”. La mujer matiza: “Naturalmente. Una dispensa para abandonar el aburrimiento banal y una coartada para los que siguen vivos”. En sus ojos de indígena se contempla el paisaje que vamos dejando atrás. En su boca antigua se adivina una fertilidad que resulta difícil soslayar.


jueves, 20 de diciembre de 2012

último café en Alexanderplatz


(Fotografía de Martin Stranka)



La última vez que le vi fue en Alexanderplatz. Se presentó en el café con retraso, algo inhabitual en él. Manchas rojas y azules en la pechera y las mangas de la camisa. También en los zapatos. Parecía abatido, descuidado. No se trataba del premeditado aire bohemio que algunos de su oficio habían exhibido como seña de identidad. Me saludó severo pero con afecto. Luego pidió un capuchino, depositó un cartapacio de bocetos en el banco y permaneció callado. Imaginé que aquel estado podía ser causado por su trabajo, cuya orientación venía cambiando confusamente desde hace tiempo. Puede que también por las acusaciones tendenciosas que algunos críticos mediocres habían vertido sobre él, juzgándole de manera gazmoña y moralista, sin considerar la nueva expresión de su obra. Acaso hubiera padecido un desamor. Mi amigo siempre había sido un apasionado de los sentimientos. Lo demostraba en el empleo de los colores, pero también en las conversaciones ordinarias, si bien no era hombre de gastar demasiadas palabras. También se manifestaba cálido en los afectos. Se entregaba con sinceridad pero recogiendo a cambio desgaste. Incapaz de llevar a buen puerto los compromisos las mujeres le acababan dejando por imposible. “¿Trabajas mucho?”, dije por animarle. “Sí, pero ya no es por encargo. No me interesa. Es por desquite”, contestó mirando los círculos espumosos del café cargado. “¿Qué estás pintando ahora?”, le pregunté. “Monstruos”, respondió escueto. “¿Y eso? Siempre te había gustado hacer retratos de gente pudiente. Y además te pagaban bien”, insistí. “Por eso pinto ahora monstruos. Son esa misma gente pero de otra manera. Son los que han estado siempre y otros que llegan en manada”. Comprendí de pronto por qué los tonos rojos, los azules y los negros eran tan intensos en sus obras. Y cómo había huido de los matices intermedios. No he podido cerrar desde aquel día la herida.



lunes, 17 de diciembre de 2012

los íncubos


(Fotografía de Martin Stranka)



Insomne. Así transcurría su noche. Aprovechó el martirio para hacer de él una agenda. Repasó los quehaceres para el día siguiente. El gimnasio, el desayuno con colegas, la mañana de hospital. Luego la comida también compartida para preparar una Semana de previsión de la salud mental. Por la tarde, su consulta privada recargada con los pacientes especiales. Todo lo cotidiano, sin estímulos, planificado por inercia. “¿Por qué tengo que repasar lo que ya es un reflejo de lo monótono y habitual?”, se preguntaba en esas horas oscuras en que no conciliaba el sueño. No quería dar la luz, en parte por ver si se quedaba dormida, en parte porque prefería no buscar más motivos de tensión. 

El insomnio llevaba camino de ser largo. De pronto cayó en la cuenta de que tenía que verse también al atardecer con una vieja amiga, no frecuentada últimamente, pero que padecía una crisis de ansiedad porque el matrimonio le agobiaba. “Hoy todo son crisis de ansiedad”, se encontró de pronto reflexionando. “Como si la gente no durmiera nada”. Se puso a pensar en los típicos consejos que le daría, lo había hecho ya tantas veces y con tantos pacientes…Esa consideración y el insomnio que no le abandonaba le condujeron inevitablemente a pensar en el último hombre que le había interesado, pero repudió de inmediato la idea y alejó las imágenes para no perturbarse. “Me he dicho mil veces que no debo pensar en amores por la noche, que es insano… y también incoloro e insípido”, añadió provocando su propia hilaridad. 

La conciencia de la vigilia forzada le volvió a colocar en guardia y malhumorada. Podía haber tomado un relajante, pero ella, que era partidaria de aplicar los ansiolíticos más densos a sus pacientes evitaba incluso los más suaves para sí misma. Hubo unos instantes de duermevela en que ya se veía atrapada definitivamente por el sueño, pero un ruido la despejó. Aguzó el oído, dio la luz, miró alrededor; todo en orden. “Maldito ruido, maldito desvelo”, bramó ya en voz alta. “No cené tanto como para que me pase esto”, siguió pensando, buscando la explicación que al menos le proporcionara un equilibrio. Sintió un cosquilleo atroz y desasosegante que le atravesaba en sentido axial todo el cuerpo. Estiró sus extremidades, se rascó por todas partes, cambió de postura varias veces. El insomnio no se manifestaba solo como carencia de sueño. Se trataba ya de una creciente incomodidad, de una molestia arraigada, de una hiriente desazón. “Me levantaré y haré algo”, se consoló en medio del agotamiento latente. Pero al ir a tirarse de la cama una extrema pesadez sujetó su cuerpo y lo hundió de nuevo en el colchón. “No, una parálisis no, ahora no”, se escuchó a sí misma con lamento. Entonces se abandonó a una confusa fuerza que le obligaba a mantenerse postrada. Le pareció que la cama crecía en dimensiones y una improvisada alucinación le hizo creer que se alejaba de los objetos que había alrededor. Se vio empapada en sudor y en lo más profundo sintió que algo le desgarraba y se imponía a su conciencia. “Si por lo menos me quedara dormida”, anheló angustiada. 

Fue entonces cuando un batallón de imágenes cayó con desmesura sobre su pensamiento obnubilado. Aún tuvo una pizca de humor agrio para pensar: “Van a ser los íncubos. Pero eso es cosa de leyendas y supersticiones, ¿no?”. Presintió la proximidad de unas sonrisas sardónicas, de oscuras voces que se desplomaban como alaridos sobre su sien, y que unas manos sujetaban sus hombros, el torso, la pelvis. Se despertó en plena agitación, sin saber si iba o venía, si era ella o si la habían convertido en otro ser monstruoso. Miró el reloj.


jueves, 13 de diciembre de 2012

invisibilidad

(Fotografía de Lucien Clergue)


“Otro día”. Se despertaba a veces por la noche y volvía a leer aquellas dos palabras. No tendría necesidad de hacerlo, porque las había interiorizado. Se acoplaban más allá de los rincones más preservados de su memoria. Pero le gustaba enderezar el papel arrugado, tocarlo, sentir la sensación que había percibido siempre al apretar en su puño una reliquia. Como si con aquel ejercicio proyectase un puente con la mujer secreta. Imaginaba un olor, presentía un tacto ajeno, fantaseaba sobre la breve caligrafía. Luego repetía una y otra vez el mantra. Su interpretación le estaba vedada. “¿Acaso tiene explicación una letanía?”, se decía entre dos sueños. Y a través de aquel extraño acto de fe turbia, primitivo y supersticioso, irracional y acuciante, o acaso siendo todo lo mismo, insistía en buscar una razón lógica al mensaje. Y no cejaba en sus propias preguntas. Y no se resistía a responderse a su libre elección, porque la ilusión que una pasión improvisada genera en un hombre es inversamente proporcional a las posibilidades que se le deparan. Noche tras noche anhelaba el nuevo día. Día tras día, se precipitaba hacia la noche con el frenesí de un adolescente que no renuncia a sus expectativas. No dejaba de acudir al café que la mujer del perrito había frecuentado. Como transcurrieran varias semanas sin que la mujer apareciera y puesto que su paciencia iba desproveyéndose del fervor de la utopía, decidió preguntar al camarero más veterano. “¿No se ha enterado?”, le respondió el viejo empleado, que prosiguió: “Nuestra antigua clienta ha desaparecido. ¿No sabe usted lo que pasa con las mujeres que desatan el amor?”. El eterno adolescente palideció y no supo sino contestar: “No, ¿qué?”. “Que se vuelven invisibles”, dijo el camarero sirviéndole una copita de calvados.



lunes, 10 de diciembre de 2012

el sensato


(Fotografía de Herbert List)



“No vayas. Puede que salgas vivo, puede que no”. La abuela sabía de qué hablaba. El nieto dudaba. Entre ambos, tan cómplices siempre, se interponía la tensión. El padre del joven quería trazar desde la autoridad y la sombra el futuro del hijo. Sin escuchar la voz del riesgo y menos la del vacío. Sonaron los clarines desde las emisoras y los periódicos de la nación. El parlamento se alzó en pleno para aplaudir la decisión épica. Entraron en acción al unísono todas las instituciones, se movilizaron los pertrechos, se difundieron los himnos, se contagió en la calle la alegría de la muerte subrepticia. El padre aleccionó a su hijo sobre el gesto que esperaba de él. Salió de casa todo limpio y uniformado. El padre no cejó en manifestar su orgullo. Puso en su bolsillo una buena propina. Apretó fuerte con la única mano, salvada a la otra guerra, el hombro de hombre. El joven sonrió con amplitud. La abuela percibió en esa sonrisa la que se congela para siempre. No lloró, no se expresó con palabras ni consejos ni abrazos. Largó su mirada encendida al hogar que siempre habita en los ojos de un hombre. El autobús oficial dejó tras de sí una nube de polvo y de incertidumbre. Luego el tiempo quedó borrado. Los intereses ocultos de la sociedad fomentaron el ruido. Aunque los compases no unieran a todos los seres por igual. El nieto nunca llegó a comparecer en la compañía asignada. Cuando un emisario de la autoridad se personó en la casa para reclamar su presencia el padre brincó avergonzado y colérico. La abuela ocultó una sonrisa sibilina entre el chisporroteo de las llamas del fogón.



jueves, 6 de diciembre de 2012

el físico


(Fotografía de Herbert List)



Carlo Maria Attonito pensó siempre que sumergirse en el cuerpo de una mujer era como hacerlo en la tierra. Que había que establecer una relación expectante como quien se acerca por primera vez a un territorio. Tratando de percibir sus efluvios, dejándose guiar por los pequeños rumores del suelo. No obstante disponer de considerables nociones de geotermia y geodinámica, campos en los que era un experimentado especialista, le costaba comprender los ritmos de una mujer. “Parece la tierra, pero no lo es”, se decía a sí mismo cuando una situación social propiciaba su acercamiento al otro género. Pero se sentía incapaz de abordar a una mujer siquiera más allá de una conversación anodina o aquella otra que versara sobre el relato de sus trabajos en física terrestre. “¿Qué poseen ellas que no posea el suelo que exploro y las fuerzas que estudio?”, deliraba en ocasiones cegado por el propio enviciamiento profesional. Sus aproximaciones al mundo femenino se convertían enseguida en una visión opaca, carente de receptividad, sorda, castrante. Decidió elegir el camino que le parecía más fácil pero que a su vez se le mostró sinuoso y en absoluto real. Cuando acudió a una especialista en el conocimiento de hombres, eligió a quien le habían dicho que era la mejor de la ciudad. No le importaba el dinero. Él buscaba claves y acudió a la profesional del amor como quien asiste a un cursillo. Pero aquellas sesiones distaban de resultar terapéuticas para él y hasta la misma hetaira, no obstante el caché que oportunamente le era bien cumplimentado, le iba dejando por imposible. “Tampoco tú eres la tierra”, le dijo él un día, abochornado por la falta de avances en su pobre iniciación. La mujer sintió lástima. En cierto modo también se sintió frustrada. Ni el otro la veía como medio de placer ni como consejera ni como mujer común ni como amiga. Nunca había tenido un caso tan difícil de cliente. “¿Si dejas tu oficio de físico?", llegó a plantear al hombre un día. “¿Si te alejas de la tierra y de tus conocimientos, si te abandonas al sueño, si simulas siquiera una sola vez que flotas por otros motivos que no estén motivados por la composición del suelo o por las fuerzas que generan los cambios de la materia del planeta?”. Él se levantó de golpe, como si hubiera recibido una bofetada. Se avergonzó de su desnudez y exclamó: me pides demasiado. Luego salió del piso de la mujer de pago para no volver más. Aunque sintió la herida percibió también el don del sacrificio. Desde entonces amó desde su asumida soledad a cada mujer que se cruzaba diariamente en su camino fantaseando que hacía el amor con la tierra.


lunes, 3 de diciembre de 2012

el papel

(Fotografía de William Klein)



Hábleme de su independencia, señora mía. De esa vida en que nada le ata. En que no sabe de sujeciones, ni de obligaciones, ni de vínculos forzosos. Hábleme de su vida de mujer libre, de mortal que vibra en su eternidad cotidiana. De cómo logró zafarse del laberinto donde tantos otros se pierden hasta perecer en él. Hábleme de su alejamiento de ese mundo que constriñe y que usted supo evitar. Si cuando decidió su soledad lo hizo consciente de que recibía un don. Si cuando se desligó de las viejas familias lo hizo con benevolencia o con crispación. Si al percibir la desesperanza por cuanto había vivido hasta entonces optó definitivamente por construir perspectivas nuevas. Si al olvidar el viejo e impuesto aprendizaje resolvió desandar caminos. Hábleme, se lo ruego, de si acaso al decidir poseer su vida, y no solo sentirla como anhelo y fantasía, tuvo la sensación de que podía convertir el desierto en vergel. Hábleme de si cuantos hombres dejó atrás mudaron su rostro, callaron o alzaron una mano disolviendo un beso áureo o acaso traidor. Dígame si percibió alguna vez que había sembrado agravios, causado desencuentros o afirmado decisiones entre los otros. Hábleme de sus mañanas y de sus anocheceres, de sus paseos y de sus lecturas, de sus contemplaciones y de sus risas. Hábleme de sus elecciones y de sus reservas. Escucharé sus palabras precisas y también seré comedido con sus silencios. Hábleme de sus distancias y muéstreme la senda de sus aproximaciones. Preservaré el aura de su cuerpo y me mostraré atento a lo que emerja de su recoleta profundidad.  Estaré pendiente de lo que usted me sugiera o me plegaré ante su desdén. 

La dama del perrito le miró. Esbozó una sonrisa burlona al terminar de leer el papel. Se levantó, se acercó a su mesa y se lo devolvió, dejándolo calladamente entre la tetera y la taza. En él había escrito a mano: otro día. Luego dirigió sus pasos bulevar Haussmann abajo.


viernes, 30 de noviembre de 2012

aparición


(Fotografía de Herbert List)



“No le haga caso, no es interesante”. Lo escuchó a sus espaldas y por un instante estuvo a punto de responder que se metiera en sus asuntos. Pero calló y siguió mirando la solapa del libro que le había indicado la vendedora. Se volvió al hombre -un individuo pequeño, con un rostro cetrino y poco estimulante- que inoportunamente le daba el consejo: “¿Por qué cree que no es interesante? Podría serlo para mí y, además, ¿acaso lo ha leído usted?”. Los dos hombres se miraron con cierta expectación, como si fueran conscientes de que arriesgaban algo de sí mismos. “No necesito leerlo, lo intuyo. Además, nunca se fíe de una contraportada , las ponen para atrapar al comprador, no al lector” dijo el primer hombre y al otro le pareció una perogrullada, pero inquirió: “¿Usted nunca se deja aconsejar?”. “Nunca”, dijo el pequeño hombre. “¿Cómo decide entonces qué libro leer?” Y el otro: “Lo dejo al azar, un oculto sentido. Lo hojeo, me paro en una página y si la frase que leo se detiene dentro de mí me lo llevo. Si la cita resbala, lo vuelvo a dejar”. La opinión de este hombre extraño que osaba meterse en su vida -no solo en esa parte aparentemente minúscula de su vida que era entrar en una librería, sino en sus gustos, sus criterios o su capacidad de elección- le pareció simple. “Haga usted mismo la prueba - oyó que le decía el hombre de aspecto melancólico según se alejaba- pero procure no quedarse con un libro solo porque se lo vendan”. Entonces él le respondió. “¿Es que usted nunca ha comprado por sugerencia de un vendedor?”. Oyó la voz casi tétrica, difuminándose, de aquel hombre extraño: “Yo me dedico a comprar almas de lectores, señor, no de meros clientes”. Se quedó entonces pensando si vender el alma no sería acaso carecer de ella. Ya desde la puerta, el hombre gris, como si hubiera escuchado sus pensamientos le replicó: “¿Qué vida te queda si no dispones de tu propia alma?”. Nunca había visto tan cerca el rostro de Mefisto.


lunes, 26 de noviembre de 2012

el cuadro


(Fotografía de Jorge Molder)


No se ponían de acuerdo. Ni habían hablado jamás entre ellos. Pero un día al mes coincidían en el mismo museo, en la misma sala, ante idéntico cuadro. Ella siempre vestía de rojo y llevaba una carpeta de gomas, como las antiguas. Él siempre vestía de negro, como los hombres de antes cuando estaban de duelo. La única diferencia era que unas veces el hombre llegaba primero, otras veces la mujer. Aquel día el cuadro, de considerables dimensiones, faltaba; había sido prestado para una exposición conmemorativa importante. Pero ambos se sentaron en el mismo banco corrido que estaba situado en medio de la sala. La pared ofrecía una soledad que ellos no advertían. “Lo que más me gusta en el relato de este mito es la combinación de colores”, avanzó la mujer de improviso, mirando el cerco notablemente más claro que había dejado el espacio vacío. Y continuó: “Cada personaje se refuerza con un color diferente. Para la pasión pone el ocre, para la traición el violeta, para la esperanza el azul marino, para el futuro el grisáceo”. El hombre le vio gesticular con las manos, como si situara los personajes y el paisaje en las mismas zonas que tantas veces habían contemplado la escena. Redirigió la mirada hacia la pared y se decidió a opinar: “Y ¿has visto cómo trata el pintor los elementos naturales? Ese tono suave pero agudo para el viento, aquellos cromatismos virulentos para la tempestad, esa caída diagonal de los matices mortecinos para la luz del ocaso”. Parecían disfrutar de sus explicaciones. Las que daba uno se compenetraban con las que ofrecía la otra. Era tal el detalle con que habían reconstruido toda la representación mítica que pedían a los visitantes que se detenían delante de ellos, observando el resto de las obras, que por favor se quitaran. “¿Te parece que esta historia expresaría lo mismo de mano de otro pintor?”, preguntó el hombre de negro.“Naturalmente que no, los colores son decisivos -afirmó la mujer de rojo- y deciden los volúmenes, acercan o alejan la disposición de las figuras, disuelven el paisaje o lo convierten en una atmósfera entrañable. Imposible que dos autores lo vean de la misma manera”. Entonces ambos volvieron a dirigir la vista hacia aquel dominio desnudo. Sintieron el roce de sus brazos. “¿Crees que el mito fue como lo cuentan? ¿Que ella era tan pura y que fue realmente devorada por aquel ser depravado?”, prosiguió él. “Me cuesta creer que el amor tenga que ser sacrificio -dijo la mujer- y acaso el pintor se llevó el secreto del mito a la tumba. Faltan colores decisivos”. Él, entonces, miró fijamente a la mujer y ella se dejó mirar. “¿No hay nada que se vea de la misma manera desde dos miradas diferentes?”, inquirió el hombre con cierto tono ingenuo.“Nada -aseveró la mujer- nada sino las ganas de querer mirar”.



viernes, 23 de noviembre de 2012

aquella búsqueda


(Fotografía de Herbert List)


La casa se hallaba rodeada de océano. Cuando la marea se retiraba salía a caminar todas las mañanas por la arena. Buscaba caracolas, conchas de moluscos, guijarros planos, pero solo me interesaban aquellos que tuvieran un agujero. Estaba haciendo un collar con ellos, como los de los hombres primitivos. “Ya tengo ocho pero quiero reunir más”, le decía a Emma. Emma, que es una niña tan pequeña como yo, no perdía oportunidad de sumarse a la búsqueda. “Allí hay una”, avisaba deseosa de descubrir para mí. Pero cuando llegábamos la espuma se retiraba y cerraba el agujero. ”Nos ha engañado - decía compasiva la niña- pero no importa porque hay tantas. Ya veo otra”, y salía disparada, obsesionada por brindarme el hallazgo. Qué espléndido caparazón, con una hendidura amplia en el mejor ángulo para colgar del collar, pensaba yo cuando lo vi. Al sacarlo de la arena la abertura perdía rápidamente su transparencia hasta ocluirse del todo. Emma no podía contener su tristeza: “No quiero ya pasear por la playa. Este trozo de mundo que no se sabe si es agua o es arena debe estar maldito. Además tengo los pies muy fríos y es como si me entrara por ellos la sal que traen las olas”. A Emma le gustaba que le cogiera los pies y echara aliento sobre ellos. Fue al frotarle sus plantas cuando vi cómo taladraban su delicada piel las diminutas brechas que habían perdido las valvas que buscábamos.


martes, 20 de noviembre de 2012

hasta el sueño


(Fotografía de Jorge Molder)


No sé si lo sueño. Si lo estoy soñando de verdad o si sueño que sueño que estoy muerto. O si aunque esté muerto aún sueño porque aún no he muerto del todo. Y hasta esta profundidad del sueño, que me convierte en una demostración de impotencia, en una convocatoria de parálisis donde no cabe reacción posible, llegan voces. Ruido de movimientos, desplazamiento de individuos, más palabras. Todos los que hablan y todos los que callan son conocidos. ¿Cuántos humanos nos han rozado a lo largo de una vida? Reconozco la presencia de los que se han congregado en torno a mi sueño. No les siento como grey. Cada uno ha sido algo de mí, aunque en vida ser algo de uno puede suponer acercamiento o disgregación, fusión o choque. Los contrarios nos construyen, no sé si con la misma decisión e intensidad con que nos deshacen. En el sueño vuelvo a sentirlo todo, escucho de nuevo a todos, y me tienta la añoranza, aunque ya con mucha lasitud. No son las voces inmediatas las que me interesan, sino las que, allá donde ya no pueda oírlas,  se rescatan al olvido. Esas mismas voces hablarán de mí y a su vez hablarán de ellas mismas. Y yo desde el sueño, esperaré. Porque ¿en qué otro espacio puede albergar uno esperanza si no es el sueño? Cuantos han acudido a mi sueño lento y espeso están reuniéndose en torno a una imagen, al ser disuelto de un cuerpo, a una materia que empieza a descomponerse, pero ellos lo que pretenden es en realidad efectuar un conjuro. Ellos desean salvar sus memorias individuales, porque saben que yo soy solo sueño. Si hay algo que caracteriza a la muerte es que vuelve impotentes a todos los que viven. De ahí el refugio en el recuerdo. Oigo de modo tenue que aún me nombran como si fuera yo, que hablan de mí, que se manifiestan sobre el humo que ha quedado flotando de mí en cada uno de ellos. Compañía, vivencias, ilusiones, afectos, enconos, riesgos…Humo. Sueño que sueño o sueño que he vivido. Y entonces ellas aparecen ahí. Musas o destinos, se encarnan sin que nadie sepa cómo han llegado. Sin que nadie advierta cómo se han ido.


domingo, 18 de noviembre de 2012

...y una carta


(Fotografía de Nan Goldin)



Cuando falleció Franz yo no estaba en el país. Su hija me remitió una carta comunicando el óbito. Vi en ese gesto un intento de no perder el vínculo con el último amigo de su padre. El único que había sobrevivido a su carácter y a su manera de vivir la vida, que tantas discordias le había proporcionado. Decía la hija de Franz Heine:


"Mi querido amigo. 

Jamás pensé que tendría que dirigirme a usted en estas circunstancias. Mi padre murió hace dos días. Cansado pero sin dolor, con plena conciencia y, como era propio de él, manifestando máximo control hasta el límite de sus posibilidades. Se aisló y permaneció encerrado en sus pensamientos, como si avanzara de esta manera por el pasillo de salida de la Casa de la Vida. Hablar de su entereza sería exaltarle y conceder un mérito que él nunca hubiera reconocido. Ya sabe cómo le molestaban las zalamerías y cuánto rechazaba la expresión de las vanidades. No hicimos ceremonia especial, lo cual no impidió que en el entierro aparecieran algunas personas allegadas a él en distintas épocas de su existencia. De hecho, se presentaron incluso antiguos amigos con los que había roto y que me mostraron afecto. Por cierto, Hubert, el viejo artista de circo, preguntó por usted y me comunicó sus deseos de verle. 

Sucedió algo durante el acto de sepultura de mi padre que me dejó bastante perpleja. Varias mujeres a las que yo no conocía e incluso parecía que no se hubieran visto nunca entre ellas, se presentaron allí. Cada una con un pequeño ramo de flores. Ninguno de los ramos coincidía. Una llevaba azaleas, otra clavellinas, otra lirios, otra rosas, en fin, para qué le voy a detallar todas las variedades que convirtieron de pronto el cementerio en una jardinería. Era como si cada una de esas mujeres hubiera elegido el regalo (tal parecía) conforme a su gusto u obedeciendo a una consigna secreta que no me alcanza y que sólo mi padre podría haber descifrado. Me preguntará usted: y esas mujeres, ¿cómo eran? ¿Jóvenes, mayores? También formaban un abanico variado; si bien todas eran adultas de cierta edad, sí que las había pertenecientes a distintas décadas. Desiguales eran también su estética, su configuración corporal, su altura, la caracterización de sus caras. No, no creo que todas fueran del país, pues en alguna sus rasgos la confirmaban como inmigrante probablemente. No puede decirse que se pareciera ninguna a la otra, pero hubo algo que me llamó la atención. No se observaron, o no lo hicieron al menos de modo descarado. Tampoco derramaron lágrima alguna cuando los empleados depositaron el féretro en el sepulcro familiar. Más bien se mostraron relajadas y obsequiosas al cederse el paso entre ellas en el momento de colocar los ramilletes. 

Recordé que usted me había hablado en cierta ocasión de lo interesante que era recuperar una tradición perdida sobre el hecho de que algún familiar o amigo hablara ante la tumba de un fallecido. Si recuerdo bien, me parece que usted me dijo algo así como que había que dejar fuera de los actos íntimos a los funcionarios de la muerte, a ese tipo de personajes de castas que solo viven para elogiar el dolor, invocar la resignación y cuyas palabras de consuelo suenan estereotipadas y falsas. Así que improvisé unos comentarios. Fue solo durante ese momento en el que hablé, tragando mucha saliva, eso sí, cuando aquel grupo de mujeres estuvo a punto de quebrar. Todas me miraban expectantes, y comprobé tal brillo emocionado en sus ojos que lograban transmitirme ánimo, no obstante ignorar quiénes eran aquellas personas. Tenía la sensación de que se sentían representadas de alguna forma por mí y por mis palabras. Hablé de la alegría de mi padre para con la vida. De cómo bajo sus frecuentes gestos de contrariedad o simplemente ausentes, siempre palpaba el goce y buscaba la capacidad de sorprenderse. Me apeteció nombrar su firmeza cuando le proponían decisiones en las que moralmente él no podía participar. Incluso creo que enfaticé algo así como: a mi padre le enfurecía la maldad y le desanimaba enormemente la ignorancia ajena. Pero quise concluir restando hierro a esto último. Entonces dije que Franz Heine había sido un hombre que había contenido y probablemente expresado mucho amor.

Cuando terminé de hablar, vinieron hasta mí unas tías lejanas, con las que Franz no se  había entendido bien en los últimos tiempos. Yo había estado pendiente de aquellas mujeres de las flores. Mi intención era dirigirme a ellas, pues en la brevedad de aquella reunión las había sentido como parte de la familia. Las busqué con la mirada, pregunté a uno de los sepultureros pero me informó que ya habían salido. No sé por qué le cuento todo esto. Seguramente usted pensará que lo he soñado, pero le agradecería mucho que si usted dispone de alguna clave para interpretarlo me lo comunique. Permaneceré todavía un tiempo por la casa de mi padre. Se lo digo por si había pensado regresar pronto. Tendría que preguntarle a usted tantas cosas sobre Franz.

Con mis mejores y afectuosos saludos."






jueves, 15 de noviembre de 2012

despedida


(Fotografía de Herbert List)



Se estaba muriendo y pidió que lo dejaran solo. La hija de Franz Heine, que vivía en otra región, había acudido precipitadamente a verle. El padre le había recibido afectuoso y enternecido pero no estaba dispuesto a concesiones pusilánimes. “Déjame solo tú también”, le dijo, y añadió: “Necesito guardar duelo por mí mismo”. Como quiera que la hija se quedara perpleja por las palabras de su padre trató de animarle. “No estás en las últimas, ni pienses en cosas raras”. Pero él insistió con firmeza, sobreponiéndose con vigor a la debilidad que le acuciaba. “No he llegado hasta aquí para irme por las buenas, entregado a la necedad y la ordinariez de los hombres. Toda mi vida la he vivido como me ha placido y quiero que mi muerte sea objeto de mi propio e íntimo ritual. No, olvídate de esa clase de ceremonias como las que le hacen a todo el mundo. A mí me sobran. Sabes que no he sido hombre de iglesia ni de reconocimientos públicos ni he aceptado las instituciones que los poderes han establecido para dominar a otros hombres. Solo anhelo pensarme por última vez en estos momentos”. Y esto lo dijo con voz tan apagada que su hija, superando el asombro, se inquietó. Pero al sentir su respiración aún acompasada, salió respetando la decidida exigencia, más que petición, de su padre. La habitación permaneció en silencio. Franz Heine no habló ya con nadie. Se hizo un ovillo, sintió más frío y desde la oscuridad recordó. Recordó los mejores momentos y rió. Pensó en las peores situaciones vividas y percibió un acceso de bienestar por haber sobrevivido a ellas y estar muriéndose, no como  habían muerto otros de sus amigos o familiares, sino en un hábitat semejante al que nació. En ese instante necesitó expresarse en voz alta aunque solo él mismo fuera capaz de oírse. “Cara a cara contigo, Franz Heine, como jamás habías estado”, se dijo. “Cara a cara con tu último personaje, porque de ésta no te libras. Antes habían muerto ya tantos hombres que habitaron en ti. Habías desechado poco a poco las máscaras, los papeles, las representaciones que te habían encarnado sin que nunca tuvieras claro si se trataba siempre de ti mismo. Pero ahora eso se acaba. Has apurado la hez de la copa que la vida te ofreció generosa. ¿Qué quieres demostrar ahora con esa patraña de guardar duelo sobre tu propia ausencia?” Sus propias palabras emitidas parecían estar generando un personaje nuevo. El Franz Heine moribundo, altivo hasta el momento extremo del desgarro. “¿Sigues ahí, papá”, preguntó, no sin cierto sarcasmo, la hija interfiriendo la soledad de su padre. Pero el último álter ego del supuesto Franz Heine no respondió.



lunes, 12 de noviembre de 2012

los secretos


(Fotografía de Jan Saudek)



“No tendré secretos para ti”, le dijo el niño. “¿Nunca, nunca?”, respondió su amiguita. “Nunca”, confirmó él sin dudar. “Pues yo sí”, pensó la niña; pero se calló. Lo tenía a su merced y aquella declaración de principios sonaba más a desenlace que a comienzo. Era justo el punto en que él dejaba de ser interesante para ella. La niña no cabía de gozo por sentirse elegida para tal revelación. Saber que sería partícipe de cuanto le aconteciera al niño durante toda su vida la convertía en poderosa. “Pero qué aburrido, ¿no?”, se decía a sí misma una y otra vez. Ella quería el mayor repertorio posible de secretos. Que lo que pasara cada día estuviera poblado de misterios. Y que estos plantearan nuevos enigmas. Al fin y al cabo, ¿qué podía esperar de alguien que no preserva nada, que todo lo muestra, que su vida es tan transparente que parece más bien vacía? Le volvía a poner a prueba: “¿De verdad que nunca te guardarás nada?”. Y él, creyéndose fuerte, pensando que respondía como debía hacerlo para gustarle a ella asentía firme: “Nunca”. “¿Y si yo te pidiera que guardaras alguno, por ejemplo los míos?”, le atacó ladinamente. “Los guardaré”, respondió su amigo. “Pero si los guardas, ya estarás teniendo secretos para mí y has dicho que nunca tendrás secretos”, le desarmó la niña. Y él: “Pero serán los tuyos”. “Ah, ¿de verdad crees que una vez que los secretos han salido de mí siguen siendo los mismos?”, le enredó hasta dejarle confuso. Entonces, se abrió la puerta del cuarto oscuro y una voz implacable dijo: “Podéis salir, chicos; ha terminado el castigo. Otro día no quiero nada de secretos”.




sábado, 10 de noviembre de 2012

el hombre pegado a las paredes

(Fotografía de Anders Petersen)



Hacía tiempo que había tomado precauciones. Desde que aquella mañana de otoño una joven hermosa y frágil reventó a sus pies, desplomándose como una hoja herida de una de las torres de la catedral, vivía en una obsesión permanente. Cogió miedo a andar por las aceras. La idea de ser aplastado por un suicida le perseguía. Se imaginaba la situación con amargura y pavor. Veía constantemente que una sombra se asomaba a una ventana, saltaba, describía un arco y se desplomaba con un ruido seco sobre su cabeza. Adoptó la costumbre de caminar pegado a las paredes de los edificios. Sin ceder el paso a otros viandantes, ni siquiera a los ancianos, a los ciegos o a los impedidos. Defendiendo enloquecido el espacio como si se tratara de un espacio solo suyo, como si él fuera el único habitante de la ciudad. Pero tanto o más que esta imagen de su propio aplastamiento le obsesionaba la muerte de la belleza. Prevenir un destino fatal de la belleza no era tan fácil cual proteger su personal integridad física. Como le parecía que diariamente, por donde transitaba, le acompañaba la belleza humana en sus múltiples manifestaciones, no veía manera de aleccionar a cada portador de ese signo. Él encontró la solución negando. Estimaba que no reconociendo lo que existe uno se despreocupa más. Y el sufrimiento, si bien no se elimina totalmente, se palia en buena parte. De tal modo que fue borrando de su mente la percepción de lo bello, anulando la capacidad de disfrute, destruyendo la memoria de sus referencias más armónicas. Habiendo reconocido de manera tan compulsiva la lozanía y la jovialidad de las muchachas, ahora las ignoraba, dirigiendo la vista siempre hacia otra parte. Si se sentaba en un café frente a una mujer, se enfrascaba en el periódico. Si coincidía en el autobús con el rostro de otra, miraba la lejanía del paisaje urbano. Cuando alguna muchacha le preguntaba por una calle, respondía que no era de la ciudad. Al encontrarse con antiguas amigas, las despachaba con urgencia e incluso con maneras desafectas, lo cual le granjeó una fama de huraño que generó aislamiento en su entorno. Perdió también su sentido del goce sobre los palacios, los jardines o en general las obras de arte. Y por último, dejó de sentir la vibración por el paisaje fantástico, por los valles y las montañas, por los páramos y las playas. En su fijación por desconocer aquello que le había alimentado toda su vida, el hombre perdió le orientación. No distinguía una brizna de estética, de tal modo que cuando tomó su caballete y se plantó al borde del acantilado para reflejar la caída del sol sobre el océano los colores y las formas respondieron en otra dirección. Trabajó toda la tarde, con pinceladas bruscas, con acercamientos y lejanías nerviosas del supuesto objeto de su obra, con paradas confusas y arranques violentos que desbordaban los límites del lienzo. Cuando el sol ya se había puesto consideró finalizada su tarea. Pudo ser que no valorara la oscuridad o que el ojo le traicionara. Tal vez su nihilismo había destrozado cualquier conciencia de lo físico. O que los efluvios del vino que había ingerido durante aquellas horas le hicieran perder el equilibrio. Abajo el mar arremetía con un oleaje quejoso mientras que el cuadro permaneció allí, a la intemperie, clavado sobre su estructura, hasta que al día siguiente unos veraneantes lo encontraron. La imagen, compuesta por una masa emborronada de matices grises, rojos y negros, reproducía un rostro huidizo, desesperanzado, turbio. Alguien comentó que se parecía al hombre que andaba pegado a las paredes.




miércoles, 7 de noviembre de 2012

destinos


(Fotografía de Jaromir Funke)



Sucede en 1946 y es de noche. Ella es enfermera y tiene un destino en el norte del país. Él, más joven, casi ha terminado la formación de ingeniero, todavía sin experiencia. Su primer trabajo le lleva hacia una región interior devastada, donde aprenderá todo. Ella sí sabe de su oficio, sobradamente. Se estrenó en los meses del desastre final y en poco tiempo se puso al día sobre la suerte adversa de las almas y los cuerpos humanos. Ambos esperan en la fonda de la estación a que lleguen sus respectivos trenes. El local está repleto pero no hay bullicio. Se amontonan individuos de todas las edades y procedencias, bagajes dispares, rostros fríos y desconfiados. No obstante el rigor tradicional del servicio de ferrocarril las circunstancias han alterado sus ritmos. Las direcciones que van a tomar son de circulación preferente, pero los retrasos se han convertido en algo ordinario. La paciencia, también. La enfermera ha abordado al ingeniero. Le ve apocado, incapaz de soltar su maleta gastada. “Yo voy a la costa. ¿Tú?”, le dice. “Yo a la cuenca. No sabían a quién enviar y me ha tocado a mí”. Ella fuma despacio y las volutas vuelven más vaporosos sus cabellos. La fonda huele a patata asada que una camarera guasona sirve a las mesas. “¿No te da miedo ir tan lejos?”, le pregunta el hombre. “Después de todo lo que he visto solo me dan miedo el hambre y la miseria”, responde tajante la enfermera. Podrían hablar de tantas cosas, pero están cansados. Todo el mundo está fatigado, principalmente por hastío. Es como si supiesen todo de sus vidas, simplemente porque lo sufrido en los últimos años pesa como si sus existencias anteriores se hubieran borrado. La mujer y el hombre se miran; ella más segura, él desconcertado. Un empleado del ferrocarril se presenta y se impone al murmullo. Comunica que un accidente en un lugar próximo ha paralizado la circulación. Que la demora puede ser importante. Horas, acaso algún día. Que estén atentos. Que si no es en un tren serán ubicados en otro. “¿Quieres más café? No es muy bueno pero está caliente”, avanza el joven. Ella mira el cuello raído de la camisa del ingeniero, las muescas de la polilla en su gabán, las ondas del cabello que se desploman sobre las sienes. “Esto va a ir para muchas horas”, le responde. “Seguro que hasta mañana no hay posibilidades de movernos de aquí”. La mujer corrige la caída de aquel oleaje del pelo de él, se lo echa con varios movimientos de su mano hacia atrás. El muchacho siente que la marca de los dedos de la mujer ha quedado impresa en su piel. “¿Qué podemos hacer?”, le pregunta. Una nube de vapor acompañada de un pitido agudo e imponente desgarra los andenes. Procede de la locomotora del tren de reparación que atraviesa la estación a toda velocidad. No se ha oído la respuesta de la mujer, pero se ha levantado y tira del brazo del ingeniero.



lunes, 5 de noviembre de 2012

taconeos


(Fotografía de Saul Leiter)


Los taconazos de la mujer le herían. Casi tanto como el ruido del chicle o la conversación en voz alta a través de un móvil, que es tan frecuente escuchar por la calle. Él, que admitía y admiraba gran parte de las conductas en una mujer, censuraba lo más sencillo, acaso también lo más inocuo. "¿De dónde esta moda de calzar tan extendida que se ha convertido en una seña de identidad de la mujer?", se preguntaba. Aquellas pisadas huecas y estruendosas sobre su cabeza, que le traían resonancias prusianas, le resultaban difíciles de soportar. Había en ellas lejanos ecos que le inquietaban. Sucedía todas las noches a una hora incierta. Le sacaban del sueño y trazaban una geografía a través de las habitaciones que él jugaba a recomponer. Ha entrado en la cocina; se ha detenido en el pasillo; ha pasado al cuarto de estar; ahora el taconeo es más corto, eso es que está en el baño (el sonido de una cisterna escandalosa le confirmaba su buen tino) Por fin ha llegado al dormitorio; dejará caer su calzado en dos actos y se podrá recuperar el sueño. 

Pero el sueño alterado no se recomponía con facilidad. A veces incluso empalmaba su desvelo hasta la hora de levantarse. Asociaba aquel compás martillado que rompía la noche con vivencias de su pasado. Y en aquella memoria su tía se hacía presente. Entonces jugaba a imaginar cómo sería la vecina de arriba. ¿Se parecería a su tía? ¿Haría una vida semejante? ¿Tendría también en alguna parte un sobrino al que mimar? Añoraba entonces a su adorada pero extravagante tía, que hacía partícipe de sus intimidades al niño. “Aquella era una mujer liberada y que sabía lo que quería, ya lo creo”, pensaba retrocediendo mentalmente a los tiempos de silencio y de costumbres reprimidas. La recordaba como si aún habitara con él. Aquellas maneras litúrgicas y pausadas de prepararse para salir a la calle. La elegancia en cada prenda que iba a llevar puesta. Plancharse su vestido mientras permanecía en enaguas. Depilarse el vello. Colocarse cuidadosa y morosamente las medias, bien sujetas por unas ligas que le mancaban los muslos. O ceñirse un corsé que fue evolucionando en modelos a medida que las influencias francesas llegaban a las corseterías. Y aquellos zapatos de tacón alto y fino, que acababan en una puntera aguda, y que a él le parecían una especie de ave exótica. Una fascinación cuyos efectos nunca pudo superar.

Su tía jamás fue un misterio para él. Casi. O al menos en lo que a él le bastaba saber de ella. Para más allá de la puerta ambos habían rubricado un pacto de silencio. Cuando regresaba ya avanzada la noche, a veces prácticamente de madrugada, él dormía. Echaba ahora de menos aquel gesto de poner una moneda bajo la almohada del niño. Incluso lamentaba que le faltara uno de sus besos. “¿Cómo será la vecina nueva?”, mascullaba para sí a través de ese silencio inútil que solo percibe quien no logra conciliar el sueño. Pero no se decidía a subir y conocerla. “Tal vez debería hacerlo un día de estos. Aunque no sea como mi tía”, se escuchaba a sí mismo. "¿Y si lo fuera?", concluía resbaladizo, mientras volvía a caer rendido.




viernes, 2 de noviembre de 2012

negación del espejo

(Fotografía de Herbert List)


Esto es la vejez, no cabe duda. El dolor en las caderas. El andar cansino. Los modales abandonados. La memoria huidiza. El apartamiento de la gente. Las añoranzas que acechan. El desinterés. La ausencia de mujer. Y lo peor de todo, el espectro que se muestra al mirarme al espejo. Ver una imagen en el espejo que debe ser mi imagen, pero en la que no me reconozco. Entonces cierro los ojos. Para no verme pero también para verme. Cierro los ojos para verme como me vi atrás. Afortunadamente dispongo de un repertorio donde elegir. Por décadas, por etapas, por parecidos. ¿Tomo el rostro de hace cuarenta años? ¿El de hace cincuenta? Pongo trajes, gestos, actitudes desenfadadas, una luz rediviva en el rostro, movimientos desenvueltos del cuerpo. Los personajes que he sido se me ofrecen nuevamente. Elije, me dice una voz que es tentadora y a su vez desesperada.

No sé por qué algunos nos llaman patéticos a los viejos. ¿Por querer disfrazarnos de lo que fuimos? Estaría bueno que no tuviéramos derecho a ello. ¿No es más ridículo lo que pretenden los niños y los jóvenes? Emular a los mayores, presentarse como adultos. En definitiva, querer correr antes de tiempo. ¿No se dan cuenta de que tras su pretensión de entrar de pleno en el mundo adulto les espera un cepo? No solo el cepo del tiempo veloz que ya no detiene su efecto jamás; sino que también se abre y se abre desmesuradamente para engullirlos conforme a sus caprichos. Envejecer. Eso es lo que hacen los que vienen detrás, aunque no lo sepan. Lo nuestro es la renuncia. A correr, a aspirar, a llegar a ninguna parte. El modelo de los ancianos no es mirar adelante, sino negar los espejos. Por eso se hace necesario para la supervivencia preservar cuantos iconos de nosotros mismos hemos dejado atrás. He hecho poner luz indirecta sobre el espejo. Un reflejo que ignore unos párpados hinchados, los ojos recluidos, la frente ajada, unas carnes caídas, el pelo albo, la pérdida de la sonrisa. Esto debería ser la vejez, me digo sin admitirlo del todo. Pero no quiero que lo sea. Mientras, me hago un nudo de corbata moderno y me peino simulando una caída del cabello descuidada. Elevo el tórax y zarandeo mis hombros. Mi traje no es nuevo pero voy limpio y la ducha ha apartado el olor que dicen que es tan característico de un viejo. No creo que a ellas les importe que les lleve tantos años. Por supuesto, voy a ocultar cómo me veo ante el espejo. Que se queden con la imagen que hoy he rescatado de mis buenos años. 

martes, 30 de octubre de 2012

los posos del café


(Fotografía de William Klein)



Se lo dijo a bocajarro. “Explorar tu cuerpo es una aventura abierta”. Y desde el otro lado de la taza del café le llegó la respuesta: “¿Cómo puedes decir eso si no me has tenido nunca?”. Si ella no hubiera sido una mujer decidida, que había vivido ya lo suyo, no le habría contestado de esa forma. Naturalmente, él arriesgaba. “Te siento muchas noches y aunque no estás hago que estés”. El sorbo de café le permitió a la interlocutora disimular el gesto de estupor. También de admiración. Siempre había reconocido a los arrojados y más si lo eran con buenas maneras. Pero aquel superaba lo inesperado. Estuvo por preguntarle más. Cómo, cuánto, qué. Se limitó a ser irónica. “La noche es muy oscura. Tal vez veas a otra y creas que soy yo”, enredó. “Yo te veo con mucha claridad”, aseveró el hombre moviendo la cucharilla sobre los posos de la taza. Sintió la mujer que se movía de su posición. Que algo dentro de sí le incitaba a aproximarse, aunque no lo manifestó. “¿No quieres saber cómo exploro tu cuerpo?”, insistió él levantando la mirada. Ella pensó en la excusa. Que le iban a cerrar la biblioteca, que tenía que recoger un encargo, que no iba a llegar a tiempo a no se sabe dónde. Hubo un prolongado silencio de tanteo. “Más bien, ¿no será que me estés viendo en los posos del café?”, le rebatió por fin inclemente, tratando de zanjar aquella precipitación fabulosa del hombre. “Tal vez; en los posos se ve tanto y te evaporas de tal manera”, soltó ágil pero con cierta turbiedad la boca onírica del hombre. “Nos vemos a la medianoche en tu noche”, le citó ella para salir del paso. Ambos quedaron convocados para una situación invisible.



sábado, 27 de octubre de 2012

la piña


(Fotografía de Herbert List)



Nunca llegaron. En las noches de creciente avanzado y luna llena subían a lo alto de la tapia. Se apoyaban en alguno de los árboles más próximos, echándose una mano entre ellos. Luego iban en fila india en busca del objetivo curioso, también tenebroso. No se sabe de quién partió la idea. Manteniéndose en un equilibrio arrojado que solo la inconsciencia proporciona, avanzaban. Era el grupo de los más amigos. La panda íntima, reducida pero abigarrada, donde se podían compartir los secretos más rigurosos. También los más arriesgados. En aquella altura, entre la vieja cuesta y el hospital, los chicos se sentían dueños de su alma. Un alma colectiva, donde todos se disolvían, no dejando por ello de ser sino creciendo más bien en la experiencia que solo la camaradería imprime hondamente. También era la oportunidad de las ocurrencias, que ellos llamaban aventuras. Tenían que llegar a la meta, porque uno de ellos sabía que los que no están estaban allí. Fue una noche medio luminosa del estío. “¿Creéis que hoy habrá alguno?”, preguntó el que vivía fuera e iba a pasar los veranos a aquella tierra. “Mi padre, que trabaja allí, me ha dicho que ayer había dos”, le contestó otro del clan. “Oye, yo he oído que a veces los entierran vivos”, opinó uno más. Sintieron el espanto. No solo por el comentario sino al escuchar un ulular penetrante que les paró en seco. “No es más que un mochuelo”, dijo el más avezado, o acaso el más expresivo. A medida que se acercaban a aquel pobre local apartado demoraban su marcha. Sobre la puerta, la luz reticente y tibia de una bombilla hacía de centinela del abandono. Ellos sabían que los cuerpos que se dejaban allí eran cuerpos que no reclamaba nadie. "¿No tienen a nadie o es que nadie les quiere?", preguntó el más caritativo. Una nube cubrió la luna. La oscuridad repentina les estremeció. “Viene alguien, hay que irse”, dijo el más enérgico de los chicos. “Hay dos, hay dos, no podemos rajarnos ahora estando tan cerca”, insistió el más informado. Vieron el destello del charol de los guardias. Cundieron los nervios y la atracción retorcida por el misterio de los muertos cedió al terror que produce el piquete armado de los vivos. No estaban para más sustos. Saltaron justo en el momento en que la bombilla, demasiado débil, estalló. Fueron contando que desde dentro una mano apagó bruscamente la luz.



jueves, 25 de octubre de 2012

una historia demediada



(Grabado de Theodor de Bry)


En el mal llamado Códice de los Patagones, una suerte de diario anotado en el siglo XVI por el Padre Ferrán de Sansor, destinado en la misión más austral establecida por los españoles, se da cuenta de un acontecimiento que posteriormente fue borrado de la escritura de la historia. Ya se sabe que lo que no se escribe no existe, si bien siempre ha quedado en pie la narración oral y la conversión de los hechos en leyenda. En lo que aparentemente no es sino una relación de sucesos, el autor menciona una de las acciones correctivas más contundentes que las autoridades tomaron, por iniciativa del Virrey, para el sometimiento de las tribus de aquella latitud. Así, en la primera parte de su obra, transcribe literalmente lo ordenado: ”…y como quiera que aquestos indios salvajes no se dejan someter al dominio del Rey de las Españas ni ceden al acatamiento debido, Nos, en nombre de su Católica Majestad, hemos considerado que los varones de estos territorios sean desprovistos de todas las hembras que cohabitan con ellos y se proceda al desplazamiento destas hacia otros territorios extremos del interior. Adviértase que con tal decisión se pretende domeñar la bravura de esos indios, poniendo de aquesta manera en aviso a los salvajes guerreros que solo les serán revertidas sus esposas y demás mujeres, sean o no de sus tribus, si aceptan reconocer al Conquistador legítimo de estas tierras, Paladín de la Fe, Defensor fiel de la Iglesia y Señor de las Indias nuestro Rey”. 

Mal debió considerar el Padre Ferrán tal medida pues más adelante añade con valentía su comentario personal: “…Nuestros príncipes valedores de la Fe no se dan cuenta del tamaño perjuicio que se causan también ellos mesmos , ya que de todos es reconocido que aunque muchos de nuestros oficiales y soldados, funcionarios de la Corona e incluso clérigos cohabitan indisciplinadamente y en pecado con muchas mujeres de aquestos indios, dicho trato carnal conduce a un apaciguamiento de las ansiedades de nuestros servidores, así como al parto de niños que serán bautizados en nuestra Fe y, debidamente adoctrinados e instruidos, nos honrarán en el servicio del Reyno de las Españas”. El Padre Ferrán de Sansor, que hizo la relación de acontecimientos en diversas etapas de su vida, constata también su propia insatisfacción personal. “…Y aunque me han escuchado mis superiores, y no obstante haberme dado la razón en privado, dícenme que no pueden cambiar el orden de las cosas pues que el estamento del virreinato no cede a lo que considera política de Estado…” Y añade con cierto grado de frustración: “…Yo mesmo me hallo en la encrucijada de tener que pervertirme de malas maneras y en contra de mi naturaleza o bien pedir el traslado desde esta misión a alguna de las que hay establecidas en otros lugares de las Indias donde existe pacificación y por esa causa mayor tolerancia”. 

 El Padre Ferrán nunca fue trasladado a otra región de la Corona, por más que, en un principio, pareciera anhelarlo. Los investigadores hallaron hace pocos años en el Archivo de Indias varias cartas de un soldado de la guarnición adjunta a aquella misión, dirigidas a su madre. En una de ellas explicaba a ésta: “…el Padre que está a cargo de la misión había pedido al superior de la Orden que se le permitiera trasladarse a cualquier otro destino, aduciendo que estas latitudes afectan a su estado de salud. El alférez de la compañía me puso en aviso de que si llegaba la notificación del traslado retuviera el correo. La cual encomienda cumplí rigurosamente, pues las ordenanzas y la disciplina debida a mis superiores me lo exigen. Ya hace tiempo que se comenta en la guarnición la extraña conducta habida entre el Padre y el alférez, pues que ora están de buen humor, ora dicen denuestos uno del otro, ora se muestran cómplices, ora chocan con harta disputa, y todo lo cual ha dado alas a ciertos bulos que tienen que ver con la carencia de féminas, aunque quien más o quien menos todos se ven afectados por un cierto estado de miseria moral…” Y en una carta posterior, dicho soldado le cuenta: “…se comenta que va a ser revocado el castigo dictado a los indios patagones pues se considera de mayor quebranto para nuestras tropas y administradores que para los mesmos salvajes, pues estos saben hacer frente a sus necesidades recurriendo a las tribus antaño enemigas y con las que han pactado nuevas cohabitaciones carnales a cambio de suministros y defensas…” 

Pero la noticia más peregrina se encuentra relatada en una carta aún más tardía, probablemente la última dirigida a su madre. “…Desde que se ha permitido el retorno de las mujeres indias, madre, todo está confuso. Pues por una parte, parece restablecido un orden y apaciguados los ánimos del cuerpo, mas por otra se han observado ciertas deserciones entre nuestras gentes, de diversos estamentos y cometidos, sin que se sepa por qué causa. Entre las desapariciones están las de nuestro alférez y la del Padre Ferrán de quien le hablé en otra carta, sin que el Gobernador especial nombrado por el Virrey haya decidido tomar cartas en el asunto, y acaso estén interesados en que ignorando estas fugas se oculte también la medida de sometimiento frustrado sobre los indios…”

Acerca del Códice de los Patagones solo queda por aclarar que, si bien se tiene la impresión de que el diario siguió escribiéndose durante bastante tiempo, la relación transmitida quedó bruscamente interrumpida. No se conocen las causas de la arrancadura de las páginas que debieron venir a continuación. Desgraciadamente, a veces la Historia se nos transmite medianamente, por lo que es deseable que nuestra curiosidad permanezca viva ante la braveza inesperada de los acontecimientos.



lunes, 22 de octubre de 2012

amores intraducibles


(Fotografía de Herbert List)



Se amaban en lenguas diferentes. El verbo que él conjugaba en el idioma de los lagos cálidos, ella lo sorteaba con una forma simple del dialecto de las llanuras altas y gélidas. Si él elegía un sustantivo monosilábico, ella lo dejaba huérfano de adjetivo. Si se trataba de  interjecciones se aproximaban más lúdicamente, pero era la excepción. Con los adverbios sus rostros palidecían. En realidad no habia siquiera equivalencias netamente sintácticas, pero parecía que se entendían con sus particulares correspondencias. Lejos de ser un inconveniente, los amantes de territorios lejanos hallaron un incentivo al mezclar oraciones y vocabularios extraños. En aquel intercambio partían de lo preciso, siempre de su acervo de origen, para trasladarse a lo abstracto. En otros individuos aquel antagonismo en sus lenguas les hubiera conducido al rechazo mutuo. En ellos su amor podría haber quedado en un mero ámbito de murmullos y gruñidos suavizados, pero en la mezcla encontraron un acicate con el que prolongar los encuentros. “La gente no sabe lo que se pierde al no amarse con palabras indescifrables”, decía él a su familia. “No os imagináis la atracción que supone que te digan secretos que no captas”, solía comentar ella a sus íntimas. Para todos los del lugar era un misterio cómo podía aquella pareja derivar su tiempo con tanta complicidad y armonía. Nadie les vio nunca tocarse. El cortejo entre ambos carecía de gestos llamativos y solo lo salvaba una disposición refleja a rebajar cada cual el propio carácter de sus pronunciaciones. Deslizante y correoso el usado por el habitante de las lagunas; ronco y severo el emitido por la nómada de los desiertos. Un día se miraron tan cercanamente que les invadió un calor que les pedía apropiarse del otro. Fue una casualidad pero también una confluencia. Entonces sintieron a su vez que precisaban expresarlo con palabras. No con las habituales de uno o del otro, sino a través de algún vocablo nuevo. Fue natural y espontánea la necesidad de crear una palabra única que fuera hija de ambos. Entreabrieron la boca, si bien en distinto grado debido a las exigencias fonéticas de cada cual, para exclamar de manera común su sentimiento. Empezó a llover. En ese instante tenso y creador el sonido denso de un trueno encriptó el de sus gargantas. Corrieron a abrigarse en una cueva.  


sábado, 20 de octubre de 2012

los nenúfares


(Fotografía de Herbert List)



Al abrir la cancela de la puerta principal el propietario halló el jardín convertido en otoño. Era el amanecer. Esperó al perro que otros días había salido a ladrarle, pero no apareció. El camino cubría su empedrado con las hojas muertas. Al fondo, desde la penumbra, iba despertando la casona. A través de las ventanas tremolaban las cortinas. En el estanque se bañaba una mujer a la que solo había visto en sueños. Se sumergía una y otra vez, retozando saltarina entre los nenúfares. Jugaba con unos animales que parecían ser ánades, pero el recién llegado comprobó al acercarse que se trataba de seres fantásticos de difícil descripción. “Soy Britt -dijo la sirena desde el estanque- No te extrañe esta fauna, es tan irreal como yo misma”. Karl permaneció perplejo unos instantes; luego se justificó: “Yo vivo aquí desde que llega el otoño, no te sorprenda mi presencia. Puedes seguir tu baño y tu juego”. “¿No te apetece divertirte tú también? -le tentó Britt desenfadadamente- El alba es la mejor hora para sentir los elementos de la tierra, cuando comprendemos que nos hacemos con ellos”. Karl le dio la razón, pero se dio cuenta de que su percepción del aire, de la tierra o del agua no era directa; que la ropa diluía gran parte de las sensaciones. “Son tan extraños los animales que te rodean… pero es admirable su complicidad contigo”, dijo. “Deberías sentirlos de cerca. Desnúdate y entra”, le invitó Britt desde su sonrisa sugestiva. Entonces el hombre, tras quitarse la camisa, se agachó al borde de la alberca e introdujo la mano en el agua. La sirena le palpó el pecho a la altura del corazón. “Este es el elemento que nos faltaba”, anunció a las otras quimeras. Los nenúfares se volvieron rojos.


jueves, 18 de octubre de 2012

los magos


(Fotografía de Ralph Gibson)



De la antigua amante conserva el tono de su voz. Ni un pañuelo, ni un puñado de cartas, ni un libro. Mucho menos la llave de un piso perdido entre los pasos del olvido. Solo guarda el eco de una tonalidad prudente y suave cuya textura no se puede expresar con palabras, pero que a veces obra como ganzúa del pasado. Detrás de aquella modulación se agazapa una oscura nostalgia que no ha superado. La nostalgia tiene siempre algo de impotencia y mucho de insatisfacción. La voz que resguarda en una estancia clausurada de sus entrañas no sabe si considerarla un tesoro grato o un arma dañina. Una tarde viaja en el metro y oye a su espalda la voz que le obsesiona. No quiere girarse, aunque no corresponda a la misma mujer que le marcó. Se perturba y a la vez se regosta en aquel sonido secuencial y estable. La mujer que viaja detrás mantiene una conversación telefónica cuyo contenido él ignora. Prefiere sacrificar la racionalidad a la emoción, abandonándose a una musicalidad que le cautiva.

En la parada del bulevar se apea la mujer. La sigue y la para a la puerta de Los dos magos, interrogándola con delicadeza: “¿Hablas siempre con ese tono?”. La mujer mira al hombre con recelo pero no se cohíbe. “No está bien escuchar conversaciones”, le responde concisa. “No te escuchaba -él se muestra persuasivo- sino que me privaba esa escala tenue y armoniosa que utilizas. Como quien se deja llevar por un perfume, unos gestos o una imagen”. La mujer piensa que tanta sinceridad imprevista no puede ser real. O que si lo es se trata de una suerte. Una de esas rarezas que conviene pulsar hasta el final. “¿Qué tiene el tono de mi voz? Es muy común”, dice ella ya sin resistencia, prendida de aquella situación azarosa.

Se han invitado mutuamente a un café, pero él apenas está pendiente de lo que dice. La deja hablar. La observa y se evade, la escucha y solo retiene la sonoridad de sus palabras. Los magos, que sedentes lo ven todo desde sus tronos colgados, echan a suertes el destino efímero de aquella pareja casual. Esa tarde no saben separarse. “Soy algo más que el tono de una voz”, dice por fin ella. El hombre se llena de sus destellos y la palpa y la abraza y la besa. Ama en ese momento un ritmo intenso en la inflexión de su voz, una cadencia que le acompaña, una armonía que no conoce otra identidad. Ella, a pesar de aquellos gestos del hombre, constata un distanciamiento. Se siente ausente de su corporeidad. “¿Me estás amando a mí o amas a una desaparecida?”, le reclama con exigencia. Pero el hombre responde algo frágil, inconsistente, huidizo. La mujer entra en su mirada y se apropia de un lamento.


martes, 16 de octubre de 2012

usted está aquí


(Fotografía de Herbert List)



“Usted está aquí”, lee. Y la flecha indicando un punto y el punto lloviendo una gota. Donde usted está usted no pisa el suelo, no tiene perfil ni espalda ni frente. O lo que es lo mismo: nada hay debajo, ni lateralmente, ni por detrás ni por delante.

Usted se encuentra solamente en la abstracción de un plano de la ciudad. Tampoco ve viandantes, ni vehículos, pero no se fía. Solo tiene alrededor líneas rectas que se desbocan por doquier. Líneas tangentes, perpendiculares, paralelas, secantes. Excepcionalmente, algunas leves curvas. Trazados dilatados se sortean con otros angostos y, de vez en cuando, una circunferencia donde van a parar las radiales. Usted se encuentra aquí, en una intersección y tiene que creer el mensaje.

Naturalmente, puede intentar aplicar sus conocimientos de los puntos cardinales, pero no le servirá de mucho. O tratar incluso de hacerse una idea de la proximidad o lejanía de lo que busca. Y hasta calcular intuitivamente un destino preveyendo, a su vez, el retorno a la procedencia. No saldrá por ello de dudas. El esquema geométrico está pensado para que usted no se extravíe. Pero usted hace infinidad de inquietos movimientos de sospecha. No se ha percibido todavía de que al hallarse usted en este punto usted se convierte en parte del mapa. Pierda, por lo tanto, su materialidad. Prescinda también de su capacidad de razonamiento y limítese a seguir las instrucciones.

Nada le dicen los calificativos y los nombres que se abren paso entre tanta línea y que sobrecargan su mirada de mil ojos. Una retícula compleja y centrífuga que contiene también su rostro. Hágase cargo de que camina invisible por tal tejido, déjese llevar. No arranca, bien por desconfianza o porque no ha interpretado aún el manual que se le brinda desinteresadamente por parte de la municipalidad. Desearía dar la espalda a esta modalidad de dibujo que dicen que representa el territorio. “Esto no es un territorio, esto no es una ciudad”, se le ocurre a usted. Empieza a comprenderlo, pero no puede escapar. Mueve de nuevo la cabeza en todas las direcciones y repasa. Se acerca tanto que sus antenas se sensibilizan al golpearse con el cristal del plano. Ha decidido probar con su boca en forma de ventosa, sin obtener contrapartida. Por fin, sus patas peludas han elegido una dirección. La voz es automática: “Deseamos que el recorrido elegido sea el correcto. Pensando en ustedes, los insectos, se ha hecho esta costosa pero práctica inversión. Que tenga un desplazamiento acertado y cómodo”, escucha que dice la delicada fonética virtual. A continuación, emprende usted el vuelo.



domingo, 14 de octubre de 2012

el curioso de la tribu


(Fotografía de Herbert List)



En la profundidad de la caverna moraba la negritud. Ni siquiera quienes cuidaban del recinto conocían su rostro. Solo los que edificaron el lugar habían sido conscientes de las dimensiones y de las formas; pero eran arquitectos volantes y ya no vivían en el poblado. Quienes tallaron la representación podrían hablar de ella, pero habían olvidado voluntariamente. Se había acordado un pacto desde el primer adobe. El tiempo y el apartamiento fueron haciendo el resto. Aquel ente se había fraguado en el silencio y en la oscuridad. Ello le otorgaba distancia sobre los miembros de la tribu. Y con la distancia se asentaba su superioridad. Lo inaccesible le protegía y a la vez constituía su secreto.

Nwali, el más curioso de los pobladores, se adentró un día en el espacio sagrado, cuando las celebraciones del fin de la cosecha habían dejado exhausta a toda la vecindad. Avanzó hasta lo más hondo, aun sabiendo que transgredía los preceptos más insoslayables. Perdido en las tinieblas escuchó dentro de sí una voz: “Sabes que no has debido entrar hasta este vértice. Me verás pero no me verás”. Aquellas palabras le parecieron a Nwali contradictorias, pues no podía negar la evidencia ni desproveerse de su asombro. Los rasgos definidos de aquel personaje esculpido que habitaba en la penumbra le admiraron, así como su volumen complejo, sus posturas dinámicas, los caracteres rígidos de su rostro y el material de que estaba hecho. Pero las palabras escuchadas, onerosas y temibles, le incitaron a buscar la salida lo antes posible.

Sin embargo, en su retorno, no encontraba el final de aquella cueva. Cuando oyó voces alarmadas en su proximidad creyó estar cerca del exterior. Las censuras que increpaban su aventura se hicieron más evidentes y más acres. “Ayudadme a salir, no quiero permanecer aquí”, gritó Nwali con angustia. Sus hijos y las mujeres de sus hijos se acercaron, tocaron sus hombros y le respondieron: “Estás aquí ya, con nosotros, cálmate”. En su confusión él replicó: “Pero sigo sin ver, todo está oscuro, no creí que el camino fuera tan largo. ¿Cómo habéis entrado vosotros?” “No hemos entrado -le respondieron entre reproches- sino que eres tú quien lo ha hecho, si bien ya estás fuera”.

El curioso Nwali no volvió a ver durante el resto de sus días, ni admitió recordar lo que había percibido en lo más penetrante de su aventura. Solo el brujo trató de llevar consuelo al alma de Nwali: “Donde está el corazón de la tierra habita la divinidad. Que no puede ser vista ni tocada ni comprendida por el hombre.” Nwali no se atrevió a responderle que él si había visto, tocado y comprendido aquel ente, tal vez temiendo que el castigo recibido pudiera ser mayor.


jueves, 11 de octubre de 2012

el teniente

(Fotografía de Michal Hustaty)

 

El teniente sintió un arañazo en la garganta. La saliva se le solidificó. Levantó con dificultad el brazo derecho enarbolando un revólver. Al dar la orden fatal a la fusilería su voz quebró. Le salió dubitativa y frágil. Carraspeó vergonzosamente y volvió a intentarlo. Pero su emisión volvió a ser extremadamente aguda. El pelotón rió por lo bajo, no sin cierto temor. Por la mente de todos pasó la idea divertida de que les dirigía un castrato. El reo, que a duras penas se mantenía en pie a un metro escaso del paredón, alteró también su gesto claudicante. En vano había esperado la conmutación de la pena. Siquiera un rasgo de compasión que nadie había deseado concederle. Sin embargo, quiso ver en la inusitada parálisis del oficial un signo esperanzado del destino. Los hombres del pelotón, que habían sido elegidos a dedo para la funesta misión, manifestaron cierto alivio. Como si en aquel instante de demora se modificara la pena. A distancia, los oficiales de rango superior se miraron unos a otros, confusos, sin saber qué hacer. Nunca se les había planteado un caso semejante y no tenían previstas otras órdenes de actuación. Por tercera vez, el teniente se colocó en un extremo de la fila de fusileros. Tiró de los bordes de su chaqueta, se ajustó el cinto, sacó pecho y elevó con altivez la cabeza. La pistola relució al traspasar las nubes un rayo de sol viajero. El aguerrido militar inició de nuevo el ritual. Entonó bien el “pelotón, preparados”, avanzó decidido por el “apunten”, mientras los rostros de la plana mayor se relajaban aprobatorios. El "disparen", no obstante perder cierta energía, mantuvo la inflexión. Pero el vocablo “fuego”, que había pronunciado tantas veces, ardió en sus cuerdas vocales. Un implacable silencio se impuso a la consternación general. El capellán, que buscaba su promoción, vio que se le abría un camino. Alzó un crucifijo y clamó ante los presentes: “Es una señal del cielo. El Señor pone a prueba nuestra piedad. No quiere que se sacrifique a uno de sus hijos en la pira, por muy abominable que haya sido, como no deseó que pereciera Isaac”. El nombre del profeta se rompió en pedazos cuando el teniente volvió a expectorar la última parte de la orden. Resonó estruendosa la carga. El oficial contó después a sus mandos que cuando procedió al tiro de gracia escuchó decir al condenado con un hilo de voz: “Qué cerca he estado de salvarme”. El teniente vivió el resto de su vida invadido por una crisis de fe. Por supuesto, más militar que religiosa. Sin importarle si en el acuartelamiento era conocido desde entonces como el castrato.