...no creía en lo que veía, y siempre sospechaba que en cada persona la vida auténtica, la más interesante, transcurría bajo el manto del misterio, como bajo el manto de la noche...

Antón Chéjov, La dama del perrito

jueves, 13 de diciembre de 2012

invisibilidad

(Fotografía de Lucien Clergue)


“Otro día”. Se despertaba a veces por la noche y volvía a leer aquellas dos palabras. No tendría necesidad de hacerlo, porque las había interiorizado. Se acoplaban más allá de los rincones más preservados de su memoria. Pero le gustaba enderezar el papel arrugado, tocarlo, sentir la sensación que había percibido siempre al apretar en su puño una reliquia. Como si con aquel ejercicio proyectase un puente con la mujer secreta. Imaginaba un olor, presentía un tacto ajeno, fantaseaba sobre la breve caligrafía. Luego repetía una y otra vez el mantra. Su interpretación le estaba vedada. “¿Acaso tiene explicación una letanía?”, se decía entre dos sueños. Y a través de aquel extraño acto de fe turbia, primitivo y supersticioso, irracional y acuciante, o acaso siendo todo lo mismo, insistía en buscar una razón lógica al mensaje. Y no cejaba en sus propias preguntas. Y no se resistía a responderse a su libre elección, porque la ilusión que una pasión improvisada genera en un hombre es inversamente proporcional a las posibilidades que se le deparan. Noche tras noche anhelaba el nuevo día. Día tras día, se precipitaba hacia la noche con el frenesí de un adolescente que no renuncia a sus expectativas. No dejaba de acudir al café que la mujer del perrito había frecuentado. Como transcurrieran varias semanas sin que la mujer apareciera y puesto que su paciencia iba desproveyéndose del fervor de la utopía, decidió preguntar al camarero más veterano. “¿No se ha enterado?”, le respondió el viejo empleado, que prosiguió: “Nuestra antigua clienta ha desaparecido. ¿No sabe usted lo que pasa con las mujeres que desatan el amor?”. El eterno adolescente palideció y no supo sino contestar: “No, ¿qué?”. “Que se vuelven invisibles”, dijo el camarero sirviéndole una copita de calvados.



24 comentarios:

  1. Cierto... y ni el calvados es bálsamo para el vacío que dejan.




    Bss

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Con todo lo aguardentoso que resulta, ¿eh? Un abrazo.

      Eliminar
  2. ¿Se vuelven invisibles? Caray... no sabía yo eso.

    ResponderEliminar
  3. Pero podría ser que invisible y todo estuviera tomando el té a su lado y ese fuera el “otro día” tan esperado…

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tomo nota de la sugerencia. El don de la invisibilidad puede ser también el del tormento.

      Eliminar
  4. Es muy probable que sí se vuelvan. En esa última frase encierras todo el relato. Hay amores que en verdad son invisibles, incontables, porque son amores propios, donde uno de los amantes lo sabe y el otro lo desconoce, o ambos lo saben pero temen a decirse lo que sienten. Ahí es cuando la mujer se hace invisible.

    Besos, un gran relato.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buen tino, Carlos. Creo que es más parte de la condición humana de lo que nos pensamos. Aunque su fin nunca esté claro si es por defecto o por exceso. Gracias por tu comentar asiduo y enriquecedor.

      Eliminar
  5. Tal vez él contribuyó a ello recitando ese mantra de "otro día" Si probara a decir "este día", quien sabe...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Vaya, pues mira, acaso estuviera implícito este sentido que das, pero él no lo haya advertido.

      Eliminar
  6. Hombres hay también, que desatan el amor y se vuelven invisibles. Cuando la paciencia pierde el fervor de la utopía, sólo queda la desesperanza.

    Siempre es un placer leerte.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Naturalmente, Salamandrágora, naturalmente. El don de la ubicuidad exige en ocasiones muchos ejercicios de malabarismo personal.

      También es grato que transcurras por aquí.

      Eliminar
  7. Es un relato maravilloso, eres una gran escritora, además, lo que cuentas de manera tan primorosa, refleja una realidad ineludible; como tú misma, seguro que una mujer a la que amar y, por ello, invisible...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Pitt, eso de las invisibilidades nos toca al mismo perfil de los hombres y de las mujeres. El encanto de la escritura reside precisamente en deconstruir las realidades en la medida de lo posible, aunque perturbe y confunda al lector. No fiarse nunca de las apariencias...

      Eliminar
  8. Escurridiza, ausente, cruel hasta decir basta. Así he sido en el pasado…

    ResponderEliminar
  9. Vaya, G, ¿ya no? Suena a acto de contrición y arrepentimiento...(los pasados, ay de los pasados)

    ResponderEliminar
  10. ¿Y no son siempre los deseos invisibles hasta que se expresan?
    Muy buen relato.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es, en efecto. Siempre. Gracias por estar al tanto, Ibso.

      Eliminar
  11. ¡¡¡¡ MAMÁAAAAAAA ¡¡¡¡

    JO R O BL A

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¿Por dónde lo interpreto, Anónimo? Vayaaaaaaa.

      Eliminar
  12. ¡Mujer, cuánta belleza en un tu relato!, un placer enorme leerte... Gira y gira la pregunta: ¿qué pasa con las mujeres que desatan el amor?... Me mueves con tus letras, por esta noche me pregunto si acaso serán las invisibles por naturaleza, y por un tiempo breve (el necesario para recuperar su rastro)se visten con una silueta olvidada, y sus pasos, y un café, y tres de azucar, y un cigarrillo, y dos palabras, y un adolescente, y algunos papelitos... para luego desvanecer, el retorno a su don, a su martirio?...
    Un abrazo,
    Ely.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No creo que pase ni más ni menos que con los hombres que desatan el amor...Ambos deben conducirse a un territorio nuevo donde el encuentro les haga de alguna manera nuevos (¿o soy un iluso?) Me gusta tu interpretación del texto, tus preguntas deben permanecer como tales.

      Un abrazo.

      Eliminar