“Me acuerdo mucho de mi madre”, dijo mi longevo padre durante la cena. Mientras le escuchaba traté de calcular la intensidad de un recuerdo que para mí era ajeno. No sé si porque siempre había creído que acordarse de una madre era mera propiedad de la infancia. “¿Te acuerdas porque eres viejo y sabes que ya nada te puede salvar?”, le dije con escasa delicadeza. Se encogió de hombros y se limitó a responder: “Me acuerdo”. Fuera real o un mensaje oculto, aquello me hizo pensar en el desprendimiento que yo había mostrado acerca de los seres otrora queridos. Que yo apenas recordara a mi madre muerta, menos a mi esposa huída y en absoluto a mis hijos desperdigados por ni se sabe dónde, mientras él hiciera ostentación de una fidelidad a su propia memoria me asombraba. “¿Quieres decir que yo también me acordaré de ti cuando ya no estés?”, le solté a bocajarro tendiendo puentes. Pero sus respuestas solían ser bruscas y expeditivas: “De mí te acordarás siempre”. Y este toque presuntuoso me provocó. “No estés tan seguro”, contesté áspero. Él detuvo el movimiento de su cuchara, levantó los ojos de aquel plato de difusa pasta de lluvia y golpeó secamente el fondo, con un ademán entre infantil y autoritario. Alzó la cabeza y nuestras miradas de reto se encontraron a medio camino. Cuando mi padre clavaba en mi sus ojos, pequeños y agudos, envueltos en la celosía de unos párpados rugosos y ocultos a medias por unas cejas desaliñadas, daba la sensación de estar concitando la unión del cielo y del llano, auspiciando una tormenta advenediza y furiosa.
No dijo nada. Volvió al ejercicio de la cena pausada, troceó el pan y lo fue depositando sobre la sopa con el gesto del viejo campesino que llevaba dentro todavía, como si sembrase sobre tierra baldía. Controló el temple y su voz medida sentenció: “Siempre has sido un ingrato. Y ni siquiera ahora en que está tu padre como está eres capaz de cambiar”. Pensé que acaso tuviera razón, pero ¿cómo no manifestar por mi parte cierto espíritu de mezquina venganza que pusiera las cosas en su sitio? Ambos callamos. Los silencios que no parecen tener fin tienen algo de muerte. Mueren los bellos recuerdos, si aún queda alguno; mueren los escasos ideales en los que alguna vez uno creyó; mueren los sentimientos que nos parece que han sobrevivido a las sucesivas catástrofes de nuestras vidas. Aquella aguada repleta de migas no parecía menguar. “Si no te apetece no lo termines”, le dije suavemente para apaciguar el encontronazo. Él me ignoró y concentró su empeño en agilizar las últimas cucharadas. Adiviné su pensamiento: “Como lo que quiero y de la manera que quiero”, fantaseé que pensaba. Ello me suscitaba tanta animadversión como si le estuviera oyendo pontificar autoritario y exigente. “Para un poco, vas a atragantarte”, le recomendé preventivamente. Hizo un gesto de que le quitara el plato, sujetó los cubiertos con ambas manos, pellejudas y lacias, y me increpó: “Siempre has sido un desagradecido, hijo”.
Yo habría preferido que hubiera evitado el vocativo; lo agravaba todo. No paró ahí: “Y tu madre sufrió mucho por ello”. Me dieron ganas de decirle que el sufrimiento de mi madre por mí manaba de la misma fosa séptica, es decir, de él mismo. Pero callé para evitar tener que escucharle una vez más aquella retahíla de reproches que infinidad de veces había dirigido contra mí. Mi fracaso de estudiante, mis problemas con la justicia, la aventura de marcharme al continente lejano, los años que no tuvieron noticias mías, el retorno piadoso del hijo pródigo haciendo aquel acto hipócrita de arrepentimiento y sumisión. Y por último mi matrimonio frustrado en el que habían depositado todas sus esperanzas de recuperación acerca de mí para el orden familiar y que no abría sino una nueva caja de Pandora no menos cruel y amarga. Aquel paso fatídico por el que mi padre se jugó su prestigio social, o eso decía él, y mi madre perdió la fe en una religión que no había dejado de sacarla prebendas en lugar de reconfortarla.
No eché leña al fuego y mi padre permaneció silente. Cuando una de las cuidadoras le trajo la ración -“qué bien has comido, campeón”, frase que a mi padre desagrada profundamente- el anciano afinó una sonrisa larga y malévola. “Bien sabes que yo no he creído en el infierno imaginario del que habla el clero, acaso porque he conocido muy de cerca el de este mundo”, dijo pausadamente. “Pero tu desafección solo me obliga a desear que te pudras en él”. No me sentía con ganas de responder a aquel hombre con otra barbaridad. Estaba claro que era una lucha de carneros donde no estaba garantizada la victoria de ninguno de los dos. Reí de la forma más despiadada que pude. Luego le encajé: “Vas a lograr que me acuerde de ti toda mi vida. No me cabe duda de que ambos vamos a pudrirnos en la peor de las tinieblas: nuestra soledad.” En el brillo de sus ojos perdidos asomó un conato de rendición.

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