...no creía en lo que veía, y siempre sospechaba que en cada persona la vida auténtica, la más interesante, transcurría bajo el manto del misterio, como bajo el manto de la noche...

Antón Chéjov, La dama del perrito

lunes, 1 de octubre de 2012

la presencia


(Fotografía de Herbert List)



Le gravaba una agobiante opresión en el cogote. Aquella altivez, no obstante la desaparición del prócer, le escocía. No sabía qué hacer con la presencia del retrato a sus espaldas, que él no deseaba y cuya mirada procuraba evitar. En algunos ministerios desprendían los cuadros y los almacenaban. En otros, directamente los destruían. No había una norma general de acatamiento. El asunto de los retratos estaba sometido a la libre decisión del responsable de cada centro. Había departamentos donde aún permanecían colgados, ya hubieran pasado años desde el cese del personaje. En otros lugares, la imagen estaba depositada de cualquier manera en el suelo cara a la pared, entre ficheros y cajas.

Era tal era el grado de inestabilidad de los gobiernos sucesivos que nadie se atrevía a decidir de una vez para siempre el futuro de los costosos retratos de los ilustres. Lo que había pasado inadvertido durante mucho tiempo se había convertido en una cuestión de primer orden.  Pero la inacción de la autoridad máxima se interpretaba como debilidad, minando la credibilidad del régimen. El gobierno sabía que tomar una determinación sobre el destino de los retratos implicaba también una reconversión de la plantilla de cargos y probablemente de funcionarios. Teniendo en cuenta la fragilidad y corta duración de cada gobierno, una decisión definitiva podía influir no solo en las elecciones, que se repetían con mayor frecuencia de lo esperado, sino en la indolencia y el mal funcionamiento de la administración en general. Con el consiguiente resultado de que un error de cálculo pudiera costar el puesto a aquellos mandos de la misma cuerda si salía elegido el partido contrario.

Él, como jefe de grado medio, se movía entre dos aguas, entre los deseos cada vez más acuciantes de sus subordinados y el criterio firme de su superior inmediato. Pero sobre todo no estaba dispuesto a seguir sufriendo aquella onerosa influencia a sus espaldas. Había pensado eliminar el retrato con disimulo. Por ejemplo, procediendo a pintar la oficina y, una vez terminado el trabajo, reubicando muebles y archivadores sin dejar espacio para reponerlo. Había tenido también la tentación de ir por la noche, arrancarlo y llevárselo fuera del ministerio, simulando un robo. Discurría incluso sobre la manera de que el cuadro se dañara a causa de la humedad producida por alguna canalización próxima, convenientemente desviada para tal fin, pero sabía que se procedería a su recuperación con la consiguiente desviación de costos del departamento.

El sarpullido que aquel hombre sufría en su cerviz se iba convirtiendo en un eczema con mala pinta. Una mañana madrugó antes de que aparecieran sus subalternos, provisto de un envoltorio de tamaño considerable. Se subió a una silla, descolgó el cuadro de sus desdichas y a duras penas lo depositó en el suelo, haciendo todo el esfuerzo posible por no mirarlo de frente. Como si quisiera evitar cualquier fulminación o verse afectado en su conciencia. El retrato, rebajado, perdía gran parte de su prepotencia y aprovechó para increparlo. “No eres nadie, ¿te das cuenta? No pintas nada. Te crecías en la pared, como si tuvieras en ella tu solio eterno, como si desde arriba siguieras dirigiendo nuestras vidas. Pero ahora estás más cerca del infierno. Despídete”. Luego desprendió el marco, retiró el óleo, lo enrolló y procedió a colocar otro nuevo que había traído de casa.

Cuando llegaron los funcionarios a su cargo nadie se fijó en el cambio. Él, de vez en cuando, sentado  en su sillón detrás de la mesa, se giraba y le hacía un guiño complaciente. Francamente, en aquella altura se vio a sí mismo con mayor prestancia.



8 comentarios:

  1. Las paredes, siempre sin mácula...

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  2. El poder no admite pensamientos contrarios pero abriga a los incondicionales. No es justo, pero es la regla, la regla del poder y de la miseria humana. Pero aún esas reglas, tan inquebrantables como la ley de atracción, se tornan difíciles de cumplir cuando no puede precisarse dónde está el poder. Una prueba más que lo único permanente es el cambio.

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    1. Razón tienes, James. Las imágenes de los próceres son reflejos de ese poder. Largo control el que tienen desde esos cuadros. Me gusta eso: lo único que permanece es el cambio. Dinámica de la naturaleza: el eje de su motivación.

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  3. Cuando los cuadros hablan las paredes pueden callarse...

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  4. Y no solo las paredes. Los moradores mismos de la casa.

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