...no creía en lo que veía, y siempre sospechaba que en cada persona la vida auténtica, la más interesante, transcurría bajo el manto del misterio, como bajo el manto de la noche...

Antón Chéjov, La dama del perrito

martes, 30 de octubre de 2012

los posos del café


(Fotografía de William Klein)



Se lo dijo a bocajarro. “Explorar tu cuerpo es una aventura abierta”. Y desde el otro lado de la taza del café le llegó la respuesta: “¿Cómo puedes decir eso si no me has tenido nunca?”. Si ella no hubiera sido una mujer decidida, que había vivido ya lo suyo, no le habría contestado de esa forma. Naturalmente, él arriesgaba. “Te siento muchas noches y aunque no estás hago que estés”. El sorbo de café le permitió a la interlocutora disimular el gesto de estupor. También de admiración. Siempre había reconocido a los arrojados y más si lo eran con buenas maneras. Pero aquel superaba lo inesperado. Estuvo por preguntarle más. Cómo, cuánto, qué. Se limitó a ser irónica. “La noche es muy oscura. Tal vez veas a otra y creas que soy yo”, enredó. “Yo te veo con mucha claridad”, aseveró el hombre moviendo la cucharilla sobre los posos de la taza. Sintió la mujer que se movía de su posición. Que algo dentro de sí le incitaba a aproximarse, aunque no lo manifestó. “¿No quieres saber cómo exploro tu cuerpo?”, insistió él levantando la mirada. Ella pensó en la excusa. Que le iban a cerrar la biblioteca, que tenía que recoger un encargo, que no iba a llegar a tiempo a no se sabe dónde. Hubo un prolongado silencio de tanteo. “Más bien, ¿no será que me estés viendo en los posos del café?”, le rebatió por fin inclemente, tratando de zanjar aquella precipitación fabulosa del hombre. “Tal vez; en los posos se ve tanto y te evaporas de tal manera”, soltó ágil pero con cierta turbiedad la boca onírica del hombre. “Nos vemos a la medianoche en tu noche”, le citó ella para salir del paso. Ambos quedaron convocados para una situación invisible.



sábado, 27 de octubre de 2012

la piña


(Fotografía de Herbert List)



Nunca llegaron. En las noches de creciente avanzado y luna llena subían a lo alto de la tapia. Se apoyaban en alguno de los árboles más próximos, echándose una mano entre ellos. Luego iban en fila india en busca del objetivo curioso, también tenebroso. No se sabe de quién partió la idea. Manteniéndose en un equilibrio arrojado que solo la inconsciencia proporciona, avanzaban. Era el grupo de los más amigos. La panda íntima, reducida pero abigarrada, donde se podían compartir los secretos más rigurosos. También los más arriesgados. En aquella altura, entre la vieja cuesta y el hospital, los chicos se sentían dueños de su alma. Un alma colectiva, donde todos se disolvían, no dejando por ello de ser sino creciendo más bien en la experiencia que solo la camaradería imprime hondamente. También era la oportunidad de las ocurrencias, que ellos llamaban aventuras. Tenían que llegar a la meta, porque uno de ellos sabía que los que no están estaban allí. Fue una noche medio luminosa del estío. “¿Creéis que hoy habrá alguno?”, preguntó el que vivía fuera e iba a pasar los veranos a aquella tierra. “Mi padre, que trabaja allí, me ha dicho que ayer había dos”, le contestó otro del clan. “Oye, yo he oído que a veces los entierran vivos”, opinó uno más. Sintieron el espanto. No solo por el comentario sino al escuchar un ulular penetrante que les paró en seco. “No es más que un mochuelo”, dijo el más avezado, o acaso el más expresivo. A medida que se acercaban a aquel pobre local apartado demoraban su marcha. Sobre la puerta, la luz reticente y tibia de una bombilla hacía de centinela del abandono. Ellos sabían que los cuerpos que se dejaban allí eran cuerpos que no reclamaba nadie. "¿No tienen a nadie o es que nadie les quiere?", preguntó el más caritativo. Una nube cubrió la luna. La oscuridad repentina les estremeció. “Viene alguien, hay que irse”, dijo el más enérgico de los chicos. “Hay dos, hay dos, no podemos rajarnos ahora estando tan cerca”, insistió el más informado. Vieron el destello del charol de los guardias. Cundieron los nervios y la atracción retorcida por el misterio de los muertos cedió al terror que produce el piquete armado de los vivos. No estaban para más sustos. Saltaron justo en el momento en que la bombilla, demasiado débil, estalló. Fueron contando que desde dentro una mano apagó bruscamente la luz.



jueves, 25 de octubre de 2012

una historia demediada



(Grabado de Theodor de Bry)


En el mal llamado Códice de los Patagones, una suerte de diario anotado en el siglo XVI por el Padre Ferrán de Sansor, destinado en la misión más austral establecida por los españoles, se da cuenta de un acontecimiento que posteriormente fue borrado de la escritura de la historia. Ya se sabe que lo que no se escribe no existe, si bien siempre ha quedado en pie la narración oral y la conversión de los hechos en leyenda. En lo que aparentemente no es sino una relación de sucesos, el autor menciona una de las acciones correctivas más contundentes que las autoridades tomaron, por iniciativa del Virrey, para el sometimiento de las tribus de aquella latitud. Así, en la primera parte de su obra, transcribe literalmente lo ordenado: ”…y como quiera que aquestos indios salvajes no se dejan someter al dominio del Rey de las Españas ni ceden al acatamiento debido, Nos, en nombre de su Católica Majestad, hemos considerado que los varones de estos territorios sean desprovistos de todas las hembras que cohabitan con ellos y se proceda al desplazamiento destas hacia otros territorios extremos del interior. Adviértase que con tal decisión se pretende domeñar la bravura de esos indios, poniendo de aquesta manera en aviso a los salvajes guerreros que solo les serán revertidas sus esposas y demás mujeres, sean o no de sus tribus, si aceptan reconocer al Conquistador legítimo de estas tierras, Paladín de la Fe, Defensor fiel de la Iglesia y Señor de las Indias nuestro Rey”. 

Mal debió considerar el Padre Ferrán tal medida pues más adelante añade con valentía su comentario personal: “…Nuestros príncipes valedores de la Fe no se dan cuenta del tamaño perjuicio que se causan también ellos mesmos , ya que de todos es reconocido que aunque muchos de nuestros oficiales y soldados, funcionarios de la Corona e incluso clérigos cohabitan indisciplinadamente y en pecado con muchas mujeres de aquestos indios, dicho trato carnal conduce a un apaciguamiento de las ansiedades de nuestros servidores, así como al parto de niños que serán bautizados en nuestra Fe y, debidamente adoctrinados e instruidos, nos honrarán en el servicio del Reyno de las Españas”. El Padre Ferrán de Sansor, que hizo la relación de acontecimientos en diversas etapas de su vida, constata también su propia insatisfacción personal. “…Y aunque me han escuchado mis superiores, y no obstante haberme dado la razón en privado, dícenme que no pueden cambiar el orden de las cosas pues que el estamento del virreinato no cede a lo que considera política de Estado…” Y añade con cierto grado de frustración: “…Yo mesmo me hallo en la encrucijada de tener que pervertirme de malas maneras y en contra de mi naturaleza o bien pedir el traslado desde esta misión a alguna de las que hay establecidas en otros lugares de las Indias donde existe pacificación y por esa causa mayor tolerancia”. 

 El Padre Ferrán nunca fue trasladado a otra región de la Corona, por más que, en un principio, pareciera anhelarlo. Los investigadores hallaron hace pocos años en el Archivo de Indias varias cartas de un soldado de la guarnición adjunta a aquella misión, dirigidas a su madre. En una de ellas explicaba a ésta: “…el Padre que está a cargo de la misión había pedido al superior de la Orden que se le permitiera trasladarse a cualquier otro destino, aduciendo que estas latitudes afectan a su estado de salud. El alférez de la compañía me puso en aviso de que si llegaba la notificación del traslado retuviera el correo. La cual encomienda cumplí rigurosamente, pues las ordenanzas y la disciplina debida a mis superiores me lo exigen. Ya hace tiempo que se comenta en la guarnición la extraña conducta habida entre el Padre y el alférez, pues que ora están de buen humor, ora dicen denuestos uno del otro, ora se muestran cómplices, ora chocan con harta disputa, y todo lo cual ha dado alas a ciertos bulos que tienen que ver con la carencia de féminas, aunque quien más o quien menos todos se ven afectados por un cierto estado de miseria moral…” Y en una carta posterior, dicho soldado le cuenta: “…se comenta que va a ser revocado el castigo dictado a los indios patagones pues se considera de mayor quebranto para nuestras tropas y administradores que para los mesmos salvajes, pues estos saben hacer frente a sus necesidades recurriendo a las tribus antaño enemigas y con las que han pactado nuevas cohabitaciones carnales a cambio de suministros y defensas…” 

Pero la noticia más peregrina se encuentra relatada en una carta aún más tardía, probablemente la última dirigida a su madre. “…Desde que se ha permitido el retorno de las mujeres indias, madre, todo está confuso. Pues por una parte, parece restablecido un orden y apaciguados los ánimos del cuerpo, mas por otra se han observado ciertas deserciones entre nuestras gentes, de diversos estamentos y cometidos, sin que se sepa por qué causa. Entre las desapariciones están las de nuestro alférez y la del Padre Ferrán de quien le hablé en otra carta, sin que el Gobernador especial nombrado por el Virrey haya decidido tomar cartas en el asunto, y acaso estén interesados en que ignorando estas fugas se oculte también la medida de sometimiento frustrado sobre los indios…”

Acerca del Códice de los Patagones solo queda por aclarar que, si bien se tiene la impresión de que el diario siguió escribiéndose durante bastante tiempo, la relación transmitida quedó bruscamente interrumpida. No se conocen las causas de la arrancadura de las páginas que debieron venir a continuación. Desgraciadamente, a veces la Historia se nos transmite medianamente, por lo que es deseable que nuestra curiosidad permanezca viva ante la braveza inesperada de los acontecimientos.



lunes, 22 de octubre de 2012

amores intraducibles


(Fotografía de Herbert List)



Se amaban en lenguas diferentes. El verbo que él conjugaba en el idioma de los lagos cálidos, ella lo sorteaba con una forma simple del dialecto de las llanuras altas y gélidas. Si él elegía un sustantivo monosilábico, ella lo dejaba huérfano de adjetivo. Si se trataba de  interjecciones se aproximaban más lúdicamente, pero era la excepción. Con los adverbios sus rostros palidecían. En realidad no habia siquiera equivalencias netamente sintácticas, pero parecía que se entendían con sus particulares correspondencias. Lejos de ser un inconveniente, los amantes de territorios lejanos hallaron un incentivo al mezclar oraciones y vocabularios extraños. En aquel intercambio partían de lo preciso, siempre de su acervo de origen, para trasladarse a lo abstracto. En otros individuos aquel antagonismo en sus lenguas les hubiera conducido al rechazo mutuo. En ellos su amor podría haber quedado en un mero ámbito de murmullos y gruñidos suavizados, pero en la mezcla encontraron un acicate con el que prolongar los encuentros. “La gente no sabe lo que se pierde al no amarse con palabras indescifrables”, decía él a su familia. “No os imagináis la atracción que supone que te digan secretos que no captas”, solía comentar ella a sus íntimas. Para todos los del lugar era un misterio cómo podía aquella pareja derivar su tiempo con tanta complicidad y armonía. Nadie les vio nunca tocarse. El cortejo entre ambos carecía de gestos llamativos y solo lo salvaba una disposición refleja a rebajar cada cual el propio carácter de sus pronunciaciones. Deslizante y correoso el usado por el habitante de las lagunas; ronco y severo el emitido por la nómada de los desiertos. Un día se miraron tan cercanamente que les invadió un calor que les pedía apropiarse del otro. Fue una casualidad pero también una confluencia. Entonces sintieron a su vez que precisaban expresarlo con palabras. No con las habituales de uno o del otro, sino a través de algún vocablo nuevo. Fue natural y espontánea la necesidad de crear una palabra única que fuera hija de ambos. Entreabrieron la boca, si bien en distinto grado debido a las exigencias fonéticas de cada cual, para exclamar de manera común su sentimiento. Empezó a llover. En ese instante tenso y creador el sonido denso de un trueno encriptó el de sus gargantas. Corrieron a abrigarse en una cueva.  


sábado, 20 de octubre de 2012

los nenúfares


(Fotografía de Herbert List)



Al abrir la cancela de la puerta principal el propietario halló el jardín convertido en otoño. Era el amanecer. Esperó al perro que otros días había salido a ladrarle, pero no apareció. El camino cubría su empedrado con las hojas muertas. Al fondo, desde la penumbra, iba despertando la casona. A través de las ventanas tremolaban las cortinas. En el estanque se bañaba una mujer a la que solo había visto en sueños. Se sumergía una y otra vez, retozando saltarina entre los nenúfares. Jugaba con unos animales que parecían ser ánades, pero el recién llegado comprobó al acercarse que se trataba de seres fantásticos de difícil descripción. “Soy Britt -dijo la sirena desde el estanque- No te extrañe esta fauna, es tan irreal como yo misma”. Karl permaneció perplejo unos instantes; luego se justificó: “Yo vivo aquí desde que llega el otoño, no te sorprenda mi presencia. Puedes seguir tu baño y tu juego”. “¿No te apetece divertirte tú también? -le tentó Britt desenfadadamente- El alba es la mejor hora para sentir los elementos de la tierra, cuando comprendemos que nos hacemos con ellos”. Karl le dio la razón, pero se dio cuenta de que su percepción del aire, de la tierra o del agua no era directa; que la ropa diluía gran parte de las sensaciones. “Son tan extraños los animales que te rodean… pero es admirable su complicidad contigo”, dijo. “Deberías sentirlos de cerca. Desnúdate y entra”, le invitó Britt desde su sonrisa sugestiva. Entonces el hombre, tras quitarse la camisa, se agachó al borde de la alberca e introdujo la mano en el agua. La sirena le palpó el pecho a la altura del corazón. “Este es el elemento que nos faltaba”, anunció a las otras quimeras. Los nenúfares se volvieron rojos.


jueves, 18 de octubre de 2012

los magos


(Fotografía de Ralph Gibson)



De la antigua amante conserva el tono de su voz. Ni un pañuelo, ni un puñado de cartas, ni un libro. Mucho menos la llave de un piso perdido entre los pasos del olvido. Solo guarda el eco de una tonalidad prudente y suave cuya textura no se puede expresar con palabras, pero que a veces obra como ganzúa del pasado. Detrás de aquella modulación se agazapa una oscura nostalgia que no ha superado. La nostalgia tiene siempre algo de impotencia y mucho de insatisfacción. La voz que resguarda en una estancia clausurada de sus entrañas no sabe si considerarla un tesoro grato o un arma dañina. Una tarde viaja en el metro y oye a su espalda la voz que le obsesiona. No quiere girarse, aunque no corresponda a la misma mujer que le marcó. Se perturba y a la vez se regosta en aquel sonido secuencial y estable. La mujer que viaja detrás mantiene una conversación telefónica cuyo contenido él ignora. Prefiere sacrificar la racionalidad a la emoción, abandonándose a una musicalidad que le cautiva.

En la parada del bulevar se apea la mujer. La sigue y la para a la puerta de Los dos magos, interrogándola con delicadeza: “¿Hablas siempre con ese tono?”. La mujer mira al hombre con recelo pero no se cohíbe. “No está bien escuchar conversaciones”, le responde concisa. “No te escuchaba -él se muestra persuasivo- sino que me privaba esa escala tenue y armoniosa que utilizas. Como quien se deja llevar por un perfume, unos gestos o una imagen”. La mujer piensa que tanta sinceridad imprevista no puede ser real. O que si lo es se trata de una suerte. Una de esas rarezas que conviene pulsar hasta el final. “¿Qué tiene el tono de mi voz? Es muy común”, dice ella ya sin resistencia, prendida de aquella situación azarosa.

Se han invitado mutuamente a un café, pero él apenas está pendiente de lo que dice. La deja hablar. La observa y se evade, la escucha y solo retiene la sonoridad de sus palabras. Los magos, que sedentes lo ven todo desde sus tronos colgados, echan a suertes el destino efímero de aquella pareja casual. Esa tarde no saben separarse. “Soy algo más que el tono de una voz”, dice por fin ella. El hombre se llena de sus destellos y la palpa y la abraza y la besa. Ama en ese momento un ritmo intenso en la inflexión de su voz, una cadencia que le acompaña, una armonía que no conoce otra identidad. Ella, a pesar de aquellos gestos del hombre, constata un distanciamiento. Se siente ausente de su corporeidad. “¿Me estás amando a mí o amas a una desaparecida?”, le reclama con exigencia. Pero el hombre responde algo frágil, inconsistente, huidizo. La mujer entra en su mirada y se apropia de un lamento.


martes, 16 de octubre de 2012

usted está aquí


(Fotografía de Herbert List)



“Usted está aquí”, lee. Y la flecha indicando un punto y el punto lloviendo una gota. Donde usted está usted no pisa el suelo, no tiene perfil ni espalda ni frente. O lo que es lo mismo: nada hay debajo, ni lateralmente, ni por detrás ni por delante.

Usted se encuentra solamente en la abstracción de un plano de la ciudad. Tampoco ve viandantes, ni vehículos, pero no se fía. Solo tiene alrededor líneas rectas que se desbocan por doquier. Líneas tangentes, perpendiculares, paralelas, secantes. Excepcionalmente, algunas leves curvas. Trazados dilatados se sortean con otros angostos y, de vez en cuando, una circunferencia donde van a parar las radiales. Usted se encuentra aquí, en una intersección y tiene que creer el mensaje.

Naturalmente, puede intentar aplicar sus conocimientos de los puntos cardinales, pero no le servirá de mucho. O tratar incluso de hacerse una idea de la proximidad o lejanía de lo que busca. Y hasta calcular intuitivamente un destino preveyendo, a su vez, el retorno a la procedencia. No saldrá por ello de dudas. El esquema geométrico está pensado para que usted no se extravíe. Pero usted hace infinidad de inquietos movimientos de sospecha. No se ha percibido todavía de que al hallarse usted en este punto usted se convierte en parte del mapa. Pierda, por lo tanto, su materialidad. Prescinda también de su capacidad de razonamiento y limítese a seguir las instrucciones.

Nada le dicen los calificativos y los nombres que se abren paso entre tanta línea y que sobrecargan su mirada de mil ojos. Una retícula compleja y centrífuga que contiene también su rostro. Hágase cargo de que camina invisible por tal tejido, déjese llevar. No arranca, bien por desconfianza o porque no ha interpretado aún el manual que se le brinda desinteresadamente por parte de la municipalidad. Desearía dar la espalda a esta modalidad de dibujo que dicen que representa el territorio. “Esto no es un territorio, esto no es una ciudad”, se le ocurre a usted. Empieza a comprenderlo, pero no puede escapar. Mueve de nuevo la cabeza en todas las direcciones y repasa. Se acerca tanto que sus antenas se sensibilizan al golpearse con el cristal del plano. Ha decidido probar con su boca en forma de ventosa, sin obtener contrapartida. Por fin, sus patas peludas han elegido una dirección. La voz es automática: “Deseamos que el recorrido elegido sea el correcto. Pensando en ustedes, los insectos, se ha hecho esta costosa pero práctica inversión. Que tenga un desplazamiento acertado y cómodo”, escucha que dice la delicada fonética virtual. A continuación, emprende usted el vuelo.



domingo, 14 de octubre de 2012

el curioso de la tribu


(Fotografía de Herbert List)



En la profundidad de la caverna moraba la negritud. Ni siquiera quienes cuidaban del recinto conocían su rostro. Solo los que edificaron el lugar habían sido conscientes de las dimensiones y de las formas; pero eran arquitectos volantes y ya no vivían en el poblado. Quienes tallaron la representación podrían hablar de ella, pero habían olvidado voluntariamente. Se había acordado un pacto desde el primer adobe. El tiempo y el apartamiento fueron haciendo el resto. Aquel ente se había fraguado en el silencio y en la oscuridad. Ello le otorgaba distancia sobre los miembros de la tribu. Y con la distancia se asentaba su superioridad. Lo inaccesible le protegía y a la vez constituía su secreto.

Nwali, el más curioso de los pobladores, se adentró un día en el espacio sagrado, cuando las celebraciones del fin de la cosecha habían dejado exhausta a toda la vecindad. Avanzó hasta lo más hondo, aun sabiendo que transgredía los preceptos más insoslayables. Perdido en las tinieblas escuchó dentro de sí una voz: “Sabes que no has debido entrar hasta este vértice. Me verás pero no me verás”. Aquellas palabras le parecieron a Nwali contradictorias, pues no podía negar la evidencia ni desproveerse de su asombro. Los rasgos definidos de aquel personaje esculpido que habitaba en la penumbra le admiraron, así como su volumen complejo, sus posturas dinámicas, los caracteres rígidos de su rostro y el material de que estaba hecho. Pero las palabras escuchadas, onerosas y temibles, le incitaron a buscar la salida lo antes posible.

Sin embargo, en su retorno, no encontraba el final de aquella cueva. Cuando oyó voces alarmadas en su proximidad creyó estar cerca del exterior. Las censuras que increpaban su aventura se hicieron más evidentes y más acres. “Ayudadme a salir, no quiero permanecer aquí”, gritó Nwali con angustia. Sus hijos y las mujeres de sus hijos se acercaron, tocaron sus hombros y le respondieron: “Estás aquí ya, con nosotros, cálmate”. En su confusión él replicó: “Pero sigo sin ver, todo está oscuro, no creí que el camino fuera tan largo. ¿Cómo habéis entrado vosotros?” “No hemos entrado -le respondieron entre reproches- sino que eres tú quien lo ha hecho, si bien ya estás fuera”.

El curioso Nwali no volvió a ver durante el resto de sus días, ni admitió recordar lo que había percibido en lo más penetrante de su aventura. Solo el brujo trató de llevar consuelo al alma de Nwali: “Donde está el corazón de la tierra habita la divinidad. Que no puede ser vista ni tocada ni comprendida por el hombre.” Nwali no se atrevió a responderle que él si había visto, tocado y comprendido aquel ente, tal vez temiendo que el castigo recibido pudiera ser mayor.


jueves, 11 de octubre de 2012

el teniente

(Fotografía de Michal Hustaty)

 

El teniente sintió un arañazo en la garganta. La saliva se le solidificó. Levantó con dificultad el brazo derecho enarbolando un revólver. Al dar la orden fatal a la fusilería su voz quebró. Le salió dubitativa y frágil. Carraspeó vergonzosamente y volvió a intentarlo. Pero su emisión volvió a ser extremadamente aguda. El pelotón rió por lo bajo, no sin cierto temor. Por la mente de todos pasó la idea divertida de que les dirigía un castrato. El reo, que a duras penas se mantenía en pie a un metro escaso del paredón, alteró también su gesto claudicante. En vano había esperado la conmutación de la pena. Siquiera un rasgo de compasión que nadie había deseado concederle. Sin embargo, quiso ver en la inusitada parálisis del oficial un signo esperanzado del destino. Los hombres del pelotón, que habían sido elegidos a dedo para la funesta misión, manifestaron cierto alivio. Como si en aquel instante de demora se modificara la pena. A distancia, los oficiales de rango superior se miraron unos a otros, confusos, sin saber qué hacer. Nunca se les había planteado un caso semejante y no tenían previstas otras órdenes de actuación. Por tercera vez, el teniente se colocó en un extremo de la fila de fusileros. Tiró de los bordes de su chaqueta, se ajustó el cinto, sacó pecho y elevó con altivez la cabeza. La pistola relució al traspasar las nubes un rayo de sol viajero. El aguerrido militar inició de nuevo el ritual. Entonó bien el “pelotón, preparados”, avanzó decidido por el “apunten”, mientras los rostros de la plana mayor se relajaban aprobatorios. El "disparen", no obstante perder cierta energía, mantuvo la inflexión. Pero el vocablo “fuego”, que había pronunciado tantas veces, ardió en sus cuerdas vocales. Un implacable silencio se impuso a la consternación general. El capellán, que buscaba su promoción, vio que se le abría un camino. Alzó un crucifijo y clamó ante los presentes: “Es una señal del cielo. El Señor pone a prueba nuestra piedad. No quiere que se sacrifique a uno de sus hijos en la pira, por muy abominable que haya sido, como no deseó que pereciera Isaac”. El nombre del profeta se rompió en pedazos cuando el teniente volvió a expectorar la última parte de la orden. Resonó estruendosa la carga. El oficial contó después a sus mandos que cuando procedió al tiro de gracia escuchó decir al condenado con un hilo de voz: “Qué cerca he estado de salvarme”. El teniente vivió el resto de su vida invadido por una crisis de fe. Por supuesto, más militar que religiosa. Sin importarle si en el acuartelamiento era conocido desde entonces como el castrato.





martes, 9 de octubre de 2012

mutación


(Fotografía de Jacob Aue Sobol)


Aquellos dedos afilados y largos estaban imantados. Al desplegarse sobre el cuerpo de la mujer señalaban los puntos cardinales de su universo. Unas manos sin otro cuerpo son solo unas manos novicias. Pero cuando son depositadas sobre la piel ajena adquieren otro carácter. Había una parte de misión y otra de conquista en la desenvoltura de las manos del hombre. También de tanteo de una escritura aplicada y plácida. El mero roce se convertía en una transcripción de los sentidos. Su suave reclinación hacía emerger parte del fuego que latía en el sotobosque de ambos. Al ejercer una pausada presión desgranaban palmo a palmo aquella piel que él consideraba digna de caligrafiar. A cada contorsión o movimiento simple de la mujer el escribiente del amor preveía el nacimiento de una letra. “Haré de tu cuerpo un alfabeto”, le susurraba. Y a ella, que apenas sabía deletrear, le invadía un temor obsceno que la doblegaba. “Tal como estás ahora, tu cuerpo es una ese”, le enseñaba, y añadía: “La ese es el trazo perpetuo, la recurrente y doble curva que no finaliza nunca, ni siquiera cuando termina la vida”. Al escucharle hablar con este énfasis ella reptaba y el hombre imaginaba que acariciaba sus escamas. Todas las letras están hechas de signos anteriores a sí mismas. Y en cada signo hay un mundo más antiguo que remite a otro hasta perderse en orígenes donde no podían concebirse más que gestos y balbuceos toscos. “¿Nos puede pasar a nosotros?”, preguntó la mujer como si le hubiera leído el pensamiento. Entonces, aquella intuición despojó al hombre de su rostro, y se vio a sí mismo como un ser elemental, un nonato a la racionalidad, que se expresaba únicamente por la llamada del impulso. “¿Ni siquiera existía la ternura?”, insistió la voz de aquella corriente que se desplazaba sobre sí misma. “La ternura es lo más primitivo”, sentenció la mano firme que la describía. La serpiente notó que aquel personaje primario se desdoblaba, que traicionaba la oralidad y las maneras delicadas, y que la figura cuyas manos habían dibujado sobre su piel era ahora un contorno umbroso. Cerró los ojos sin saber si huía del hombre o si recibía a un ser fantástico.


domingo, 7 de octubre de 2012

némesis



(Fotografía de Anders Petersen)



No podía entender que al pronunciar la última frase el espectáculo se hubiera terminado. Apenas decía aquello de “la sombra de cuantos condenasteis os perseguirá por toda la eternidad”, cuando los asistentes a la función se ponían en pie y aplaudían con fervor. Caía el telón y la gente se ausentaba, mientras los empleados de la utilería remataban la faena. Después, las despedidas o las citas. Era la hora de apagar las luces. Haciéndose el remolón en su camerino, sucedía que cada noche se resistía a abandonarlo. Hasta que el vigilante le avisaba de que iba a cerrar el teatro. Entonces echaba por encima el abrigo y, sin despedirse, antipático y huraño, tomaba la salida. Caminaba pesadamente por las calles, sin prisa, en dirección a la pensión donde se hospedaba, repitiendo párrafos de la obra que tanto adoraba. No concebía que el guión acabara en cada función ni en el libreto aprendido ni con los intérpretes habituales. Se obcecaba en su identificación con el papel hasta el extremo de pretender superarlo. Una vez en su cuarto ampliaba el argumento, inventando escenas nuevas y generando figuras. Los vecinos asistían molestos a aquella representación espontánea y en alta voz que perturbaba su descanso. La cita final le obsesionaba de tal manera que buscaba el modo de darle vuelta. No anulándola, sino desarrollándola, tratando de encontrar una orientación diferente. El tratamiento del mal, que constituía el eje central del libreto, y que aparecía no sometido a justicia alguna, y apenas condenado por una sentencia epilogal abstracta y de mensaje nada comprometido, le atormentaba. Una noche generó tal número de personajes, a cual más chillones, y sus palabras atravesaron de una manera tan agresiva y quejosa las paredes del edificio, que la patrona llamó alarmada a la policía. Después emitió un bramido que heló el corazón de los vecinos y se hizo el silencio. Cuando llegaron los agentes le encontraron paralizado y rendido. Esbozaba una agria sonrisa de satisfacción. Se había vestido de ángel y sujetaba una espada formidable con su mano derecha. Los enseres, la cama y los postigos de la ventana estaban destrozados. Respiraba lentamente y su mirada era la viva y desquiciada imagen de un orate. Solo acertaba a repetir con voz tenue y compulsiva: “No os salvaréis, yo os castigaré; no esperaréis al juicio del último día”.

viernes, 5 de octubre de 2012

aparición


(Fotografía de Herbert List)



Por qué aquella mañana iba sola la dama lo desconozco. Yo estaba sentado en la terraza de un café del paseo cuando la vi llegar. Esbelta, serena, discreta. Se colocó varias mesas más allá de donde yo me encontraba. Pidió un vermú y hojeó un periódico. Parecía esperar a alguien. Su aparición me desconcentró. Tenía que revisar unos textos antes de entregarlos a la imprenta, pero no lograba situarme en ellos. El sol otoñal era tibio, ni siquiera un residuo del verano recién fugado. Se colocó de cara a él, pero aguantó poco. Al girar el cuerpo debió encontrarse con mi mirada. Si la advirtió, supo reconducirse hábilmente. Su presencia fue haciéndose más cercana, a medida que yo no dejaba de observarla. Sin el perrito no tenía la altivez habitual y resultaba hasta humana. No lo bastante débilmente humana, puesto que no entró al juego de solicitud que yo le proponía. Tampoco se impacientó por la supuesta espera, ni pidió nuevamente nada de beber. Sacó un libro del bolso. No acerté a leer el título. Sí a comprobar que aparentaba muy bien la lectura. Si no leía y tampoco me miraba, ¿por qué aquel fingimiento? Si no esperaba a nadie, ¿por qué tal demora? Un buen rato después pidió la cuenta. Se puso en pie y empujó levemente la silla. Fue en ese instante cuando tendió el largo hilo luminoso que brotaba de sus ojos hacia los míos. Me sostuvo. ¿Qué leyó en mí, ahora que parecía no simular? Vino el mito griego a mi mente. “Somos cuando alguien nos devuelve la mirada”, me dije al percibir su complicidad.


miércoles, 3 de octubre de 2012

consagración


(Fotografía de Herbert List)


Los aguaceros le ponían en celo. En cuanto olía el aroma a tierra fértil que traía el viento se estremecía. Subía presurosa a la azotea y observaba la concentración parduzca y desafiante de las nubes. Luego recogía la ropa tendida, sacaba las macetas y permanecía expectante. En cada abigarramiento bizarro de las nubes le latía más agitadamente el corazón. A las primeras gotas echaba la cabeza hacia atrás, desperdigaba la exuberancia de sus cabellos, abría la boca y pronunciaba unas palabras extrañas que solo escuchaba el cielo. “Hágase en mí”, murmuraba mística. Luego se apoyaba con indolencia en el muro, pasiva y frágil, entregada al avance del chaparrón furioso. El agua disponía alevosamente de su cuerpo. De la uniformidad amorfa modelada por su vestimenta surgía otra mujer cuyas formas se afinaban muy definidamente. Asomaba un cuello grácil y unos hombros proporcionados, ni atléticos ni carnosos, se desplegaban con la belleza cósmica que solo posee lo oculto. Al despojarse del largo sayal, la lluvia, como mano de un artífice divino, iba cincelando cada palmo del torso, del vientre, de las caderas. Ella cerraba los ojos advirtiendo el delicado efecto de la licuación, distendía las extremidades y lo que al principio no eran más que leves caricias sobre la piel se convertía en un desgarro incesante que convulsionaba todo su cuerpo. La mujer apartada del mundo no podía huir de la naturaleza que la reclamaba. En la sacudida recitaba plegarias confusas, emitía jaculatorias excesivas y aquella locuacidad casi demente enmudecía de pronto para dar paso al gesto descontrolado. Toda ella se sintió contorsión. Toda ella se vio sometida a un juego alterno de encogimiento y dispersión donde perdía su materialidad habitual. En aquel punto indefinido entre el cielo y la tierra probó el instante atemporal de la gloria. Ese vértice refulgente en el que ni dios ni el demonio se muestran, porque ninguno de los dos son la verdadera fuerza superior. “Hermana Andrea”, oyó que la llamaban desde abajo con insistencia y alarma. Se recogió la hermosa melena, ocultándola como pudo, cubrió con presura su cuerpo empapado y corrió escaleras abajo preñada de luz.


lunes, 1 de octubre de 2012

la presencia


(Fotografía de Herbert List)



Le gravaba una agobiante opresión en el cogote. Aquella altivez, no obstante la desaparición del prócer, le escocía. No sabía qué hacer con la presencia del retrato a sus espaldas, que él no deseaba y cuya mirada procuraba evitar. En algunos ministerios desprendían los cuadros y los almacenaban. En otros, directamente los destruían. No había una norma general de acatamiento. El asunto de los retratos estaba sometido a la libre decisión del responsable de cada centro. Había departamentos donde aún permanecían colgados, ya hubieran pasado años desde el cese del personaje. En otros lugares, la imagen estaba depositada de cualquier manera en el suelo cara a la pared, entre ficheros y cajas.

Era tal era el grado de inestabilidad de los gobiernos sucesivos que nadie se atrevía a decidir de una vez para siempre el futuro de los costosos retratos de los ilustres. Lo que había pasado inadvertido durante mucho tiempo se había convertido en una cuestión de primer orden.  Pero la inacción de la autoridad máxima se interpretaba como debilidad, minando la credibilidad del régimen. El gobierno sabía que tomar una determinación sobre el destino de los retratos implicaba también una reconversión de la plantilla de cargos y probablemente de funcionarios. Teniendo en cuenta la fragilidad y corta duración de cada gobierno, una decisión definitiva podía influir no solo en las elecciones, que se repetían con mayor frecuencia de lo esperado, sino en la indolencia y el mal funcionamiento de la administración en general. Con el consiguiente resultado de que un error de cálculo pudiera costar el puesto a aquellos mandos de la misma cuerda si salía elegido el partido contrario.

Él, como jefe de grado medio, se movía entre dos aguas, entre los deseos cada vez más acuciantes de sus subordinados y el criterio firme de su superior inmediato. Pero sobre todo no estaba dispuesto a seguir sufriendo aquella onerosa influencia a sus espaldas. Había pensado eliminar el retrato con disimulo. Por ejemplo, procediendo a pintar la oficina y, una vez terminado el trabajo, reubicando muebles y archivadores sin dejar espacio para reponerlo. Había tenido también la tentación de ir por la noche, arrancarlo y llevárselo fuera del ministerio, simulando un robo. Discurría incluso sobre la manera de que el cuadro se dañara a causa de la humedad producida por alguna canalización próxima, convenientemente desviada para tal fin, pero sabía que se procedería a su recuperación con la consiguiente desviación de costos del departamento.

El sarpullido que aquel hombre sufría en su cerviz se iba convirtiendo en un eczema con mala pinta. Una mañana madrugó antes de que aparecieran sus subalternos, provisto de un envoltorio de tamaño considerable. Se subió a una silla, descolgó el cuadro de sus desdichas y a duras penas lo depositó en el suelo, haciendo todo el esfuerzo posible por no mirarlo de frente. Como si quisiera evitar cualquier fulminación o verse afectado en su conciencia. El retrato, rebajado, perdía gran parte de su prepotencia y aprovechó para increparlo. “No eres nadie, ¿te das cuenta? No pintas nada. Te crecías en la pared, como si tuvieras en ella tu solio eterno, como si desde arriba siguieras dirigiendo nuestras vidas. Pero ahora estás más cerca del infierno. Despídete”. Luego desprendió el marco, retiró el óleo, lo enrolló y procedió a colocar otro nuevo que había traído de casa.

Cuando llegaron los funcionarios a su cargo nadie se fijó en el cambio. Él, de vez en cuando, sentado  en su sillón detrás de la mesa, se giraba y le hacía un guiño complaciente. Francamente, en aquella altura se vio a sí mismo con mayor prestancia.



sábado, 29 de septiembre de 2012

la bibliotecaria


(Fotografía de Herbert List)


La bibliotecaria dormía entre libros. No es que se quedara a pasar las noches en la vieja sala. Las bóvedas de crucería vigilaban por ella el fondo secular de pergaminos y volúmenes. La invisible presencia de los antiguos monjes y de los colegiales de familias nobles se hacía notar, más allá de la apariencia de soledad del lugar. Cuántas teologías no habían sido traicionadas por las teogonías entre aquellas paredes. Cuántas teogonías no habían sido sino relegadas por las ideas del libre pensamiento. La bibliotecaria mantenía, como los estudiosos desaparecidos, la llama de una curiosidad transgresora. “En los libros están todos los tiempos pero también los mismos orígenes”, solía pensar con audacia. Tanto acicate del entorno conducía irremediablemente a que sus sueños nocturnos se nutrieran de viejas historias, muchas de ellas indescifrables. Y en esos delirios oníricos cabalgaba a través de culturas cuyos nombres se habían perdido, desvelaba rostros de personajes que nadie recordaba, vivía hazañas de las que no había llegado relación alguna hasta nuestros días y amaba sin tregua y sí con mucho desasosiego a los artistas anónimos.

Cuando alguien solicitaba una obra rara, ella la hojeaba antes de proporcionársela, intrigada sobre qué podía haber entre sus páginas para que suscitara interés. “Si a través de los libros pudiéramos conocer el futuro”, llegó a confiarle un día a un investigador recién llegado que solicitó consultar varios textos. “Los libros están para saber del futuro”, fue respondida para su perplejidad. “Pero los acontecimientos de la historia no tienen lugar dos veces de la misma manera, tal como opinaba el clásico”, aseveró la bibliotecaria. “Probablemente, solo que aquello que mueve a los hombres que, al fin y al cabo son quienes hacen la historia, su afán de superación pero también de encarnizamiento, esto no ha variado en el fondo”, apostilló el hombre. Ella le miró con asombro. Como si aquellas palabras brotasen de lo más profundo de las tintas de una edición iluminada. La bibliotecaria sabía que la curiosidad conduce al deseo y que éste desemboca en la pasión. Aquella noche el estudioso y la bibliotecaria buscaron juntos la sabiduría más allá de los libros.




jueves, 27 de septiembre de 2012

rickshaws


(Fotografía de Martin Stranka)


“Adoro tu desnudez”, estuvo por decir a su amante. Le pareció una frase tan vulgar que se contuvo. Y sin embargo, lo sentía así. Sentía aquel cuerpo que no poseía excesivo volumen pero que se alimentaba de una energía que le hacía crecer. Sentía también en el contacto un emocionante pudor que le remitía al primer hombre. Sentía que al ser tomada se convertía más que nunca en ella misma. No se trataba de una entrega circunstancial como otras en las que, en tantas ocasiones, se había visto ignorada si no despreciada. Y esa sensación de renovarse encendía más su pasión. Llovía con intensidad. No había nada mejor que hacer que acariciarse y escuchar el ritmo del aguacero inagotable. Al fin y al cabo ellos estaban allí por casualidad. La calle aparecía borrada. Habían sido levantados los tenderetes. Los últimos rickshaws permanecían aparcados bajo los cobertizos. Ni un perro. Allá abajo, la taberna no daba más de sí. Con la lluvia llegaba la parálisis de las actividades, la ociosidad y, en definitiva, las horas muertas. Y éstas, a su vez, traían la bebida en desmesura, las apuestas, los malos pensamientos y decires y, a la postre, las intrigas. “Somos hijos de la lluvia”, murmuró él apacible. La mujer se estremeció, imaginando que el tamborileo de los dedos del hombre sobre su espalda era el golpear de las gotas de lluvia. Luego, un extenso y amable silencio. “Lo nuestro, ¿durará lo que dure la lluvia?”, se atrevió a decir con voz pausada la mujer. “La lluvia durará todo el tiempo que nosotros nos amemos”, sentenció el amante. Entonces ella se desbocó, conjurando las horas. Tornándolas inagotables.


martes, 25 de septiembre de 2012

frialdad


(Fotografía de Martin Stranka)


Estás desnudo, sobre una mesa de mármol. La habitación no está aireada y la luz es tenue. Los azulejos de las paredes forman un damero deslucido. Hay unas ventanas altas y estrechas, rematadas por un arco ligeramente curvado. Las contraventanas están entornadas. Por un cristal roto entra una ligera brisa que roza tu costado. No sientes frío. El pesado olor a formol no te afecta al olfato. Tu mirada no se dirige hacia el exterior sino a tu memoria detenida. Un goteo continuo del grifo que hay al fondo no te pone nervioso. Fuera hay un manzano, pero no te apetece su fruto, que tanto saboreaste. Las otras mesas de mármol están vacías. La sábana que te cubre tiene rotos y expide un perfume ácido y hondo, que no te llega. Estás muy cómodo. Un poco perplejo, porque por mucho que hubieras imaginado la experiencia no la esperabas así. No percibes nada. Te está gustando esta permanencia en el no retorno. Nada te inquieta, nada te atrae, nada te enajena. Lo que queda de ti, tu nombre, no tiene interés en esta dimensión del no ser. Heme aquí, te dices, como antes de nacer. No hay propuesta alguna, como no la había antes de la cópula de tus padres. Cuando los legalistas acaben de efectuar los trámites sobre la materia inerte que queda de ti comenzarán los rituales formales y, enseguida, el olvido. Siempre te horrorizó la estética del espectáculo que vendrá a continuación, pero que tú no vivirás. Y lo que es peor, que no podrás criticar. Pero tú ya no tienes curiosidad alguna por este tipo de situaciones. Cuánto has bromeado sobre ellas, tratando de ahuyentar las imágenes temerosas. Obrabas bien. No esperabas que este paso te dejara tan a gusto. No creías que la nada fuera algo tan envolvente y tan suave. ¿De qué sirvió que te atormentaras fingiendo la brusquedad del cambio? Estás bien, muy bien. Y tus manos caen a lo largo de tus muslos relajados, en la misma posición que cuando dormías. Te sorprenderías tanto si supieras que ya no tienen el calor que siempre las caracterizó. Ahora no sabes dónde empieza esa extensa piedra sobre la que yaces y dónde termina tu piel.


domingo, 23 de septiembre de 2012

batracios


(Fotografía de Martin Stranka)


El verdín del estanque era la luz del otoño que había entrado a traición. Las primeras caídas de hojas engrosaban la capa de la superficie. El juego consistía en imitar a las ranas. Saltar, chapotear, resistir, sobrevivir como ellas. Sumergirse en aquella ciénaga donde, bajo el tapizado calmo, permanecía el agua limpia y cálida. Se repetía el ritual de despedida todos los finales de verano. Refrendándose así el vínculo entre los amigos, antes de que cada uno de nosotros partiera para su lugar de procedencia, inquietos ya por el curso que nos esperaba. Conscientes también de que se deshacía la presencia física de ese año, pero no morían las vivencias ni el espíritu de tribu.“Somos batracios”, era la consigna. El niño pecoso había expresado la víspera espontáneamente, con voz debilitada: “Estoy tan bien con vosotros…que no quiero volver.” Atravesar la alfombra que ocultaba el fondo del estanque era apasionante. “Pasas de la tierra al mar y del mar al viento”, comentábamos al reagruparnos. Se buceaba por unos instantes y el ascenso rápido era rematado por un grito de guerra que expulsaba la nostalgia. El niño pecoso se entretuvo allá abajo pensando en una vuelta no deseada. Acaso no calculó bien el aire en sus pulmones o la hojarasca le despistó. Desde entonces en cada niño pecoso que veo por la calle le veo a él. No regateo un adiós.


sábado, 22 de septiembre de 2012

visita


(Fotografía de Martin Stranka)


No es que el burdel estuviera oculto; simplemente pasaba inadvertido. Nada indicaba desde el exterior que se ubicara en aquella casa que no era ni vieja ni nueva, ni alta ni baja, ni elegante ni cochambrosa. Le franqueó la entrada una mujer de mediana edad que aclaró que ella se ocupaba exclusivamente de mantener la vivienda y admitir a los clientes. Un recibidor conducía a una sala más amplia, que recordaba la consulta de un médico. “¿Desea alguna chica en concreto o prefiere verlas a todas?”, le preguntó la mujer con una educación exquisita. Y él: “¿Hay muchas?”. “Solo una en estos momentos”, le respondió ella. Le dieron ganas de reír, pero lo dejó en mueca. “Luego no tengo elección”, y dotó a sus palabras de cierta ironía, que la mujer paralizó. “Por supuesto que sí. La que está es muy polifacética. Le sorprenderá. Deseará volver”. El hombre no lo entendió o lo entendió al uso tradicional. La madama le condujo a una habitación sencilla pero cómoda. Esperó muy poco. Entró una mujer atractiva, avanzada en la treintena, que se dirigió a él con una sonrisa clara y prudente. “¿Qué cuento quiere que le lea?”, le inquirió sin más preámbulos. La miró desazonado, con una curiosidad que le alejaba del deseo. “¿Cuento? Yo vengo a…” “Sí claro, usted preferiría una narración larga pero le aseguro que uno de mis relatos será más intenso”, precisó la mujer. “Elija con calma, pero no tarde. No nos dejan disponer de demasiado tiempo. Si le parece, le voy a ayudar. ¿Le gustan las historias de bandidos, las de amantes, las de guerreros o acaso una de mercaderes nómadas? Puedo ofrecerle más, si le parece”. La perplejidad del hombre fue cediendo a medida que se sentía atraído por la propuesta . “¿Cuál es la mejor?”, preguntó. “Oh, todas son muy buenas. Eso depende de usted. De su estado de ánimo o de las circunstancias presentes de su vida”, aclaró ella. “ Tuvo la sensación de que la mujer iba apoderándose de su interior y que le invitaba a abandonarse a lo imprevisto. “Yo…soy un fracasado. Debe haber algún cuento que compense mi angustia”, musitó vergonzoso. “En ese caso le va a fascinar este sobre un saltimbanqui que recorrió el mundo porque no encontraba el amor”, sugirió Sherezade mientras se sentaba a su lado al borde de la cama. Extendió el brazo sobre los hombros del visitante y con voz susurrante pero firme comenzó: “Una vez llegó a un burdel un saltimbanqui abatido porque había perdido la confianza en sí mismo…”


jueves, 20 de septiembre de 2012

aislamiento



(Fotografía de Herbert List)


Era frecuente que se sentara sobre el suelo en un rincón y se abrazara a sí mismo. Solía hacerlo cuando permanecía solo. Cuando podía contar con la alianza de la oscuridad y sobre todo del silencio. Lo único que variaba era la intensidad del abrazo. Si había tormenta se distendía y expulsaba los dedos hacia el horizonte, como si pretendiera rescatar la electricidad a través de la cual se conectaba con el mundo. Si se hundía en su interior los brazos desataban un oleaje violento en torno al torso, en una actitud entre protectora y testimonial. No quería extraviar la identidad que le proporcionaba su propia anatomía. En demasiadas ocasiones había depositado su cuerpo en manos ajenas, y el horror de abandonarlo a otros y no percibirse generaba angustia en él. En la soledad asumida se recuperaba. Palpaba pausadamente su pecho, jugueteaba con la vellosidad, marcaba la distancia de las costillas, hincaba las uñas en el costado y depositaba cariñosamente una mano sobre el abdomen, donde aún se hacía sentir el eco de sus latidos. Su palma cálida allí donde los órganos de la nutrición se erigían como santuario. Aquella calidez le calmaba los nervios y aportaba una perceptible sensación de autocontrol, dotándole de una conciencia que compensaba su aislamiento. En ocasiones iba más lejos y buscaba atropelladamente al hombre que ansiaba salir de su cuerpo, para no perder con él la vida.

Cuántas veces y cada cuántas horas repetía aquel ritual no lo sabía ni él mismo. Después caía en un sueño frágil, quebrado por la inevitable intervención de los ajenos. Por la mañana, al abrir los fornidos celadores la ventanilla enrejada de la puerta de su celda, se encogía. Temía tanto la luz y odiaba de tal modo el color blanco excesivo del pequeño recinto que se enervaba. A continuación cerraba los ojos y se desovillaba lentamente, rendido al destino. Dejándose estremecer por el giro de la llave de la cerradura.



martes, 18 de septiembre de 2012

asalto callejero



Le paran unos vendedores de religión por la calle. Por su indumentaria y sus modos les ha olido a distancia. “Permítanos un momento, señor. Queremos contarle una historia que le va a interesar mucho”, le largan como una ráfaga. Y él: “¿Cómo saben que me va a interesar?”. “La salvación interesa a todo el mundo”, le brindan con desparpajo. No obstante, no pueden detener la carcajada del hombre. “¿Cómo? ¿No quiere usted salvarse?”, le increpan con cierta sensación de agraviados. “Es muy sencillo; no encuentro razón alguna para comprar algo que no necesito”, les despide. Ellos inician el repliegue y guardan el producto en su cartera.



lunes, 17 de septiembre de 2012

actividad clandestina


(Fotografía de Herbert List)



En el año V de la era de la extinción del libro un extraño suceso sacudió el país. Nadie sabe por qué causa aquella especie de árbol que antaño había proporcionado la materia prima para fabricar papel se secó. Si bien no se utilizaba ya el recurso para el antiguo fin, al menos los árboles dotaban al terreno de protección y evitaban que se erosionara. Pero la suerte se tornó en contra. Primero los árboles dejaron de dar hojas, después enflaquecieron los troncos, más tarde se desprendió la corteza y, por último, las raíces se pudrieron provocando el desplome de numerosos ejemplares de tan hermosa floresta. Los técnicos del Gobierno decidieron reforestar con nuevas variedades el terreno que se iba transformando en erial. Pero ninguna de ellas cundía. Al poco tiempo de plantar se secaban los nuevos árboles. La alarma de la desertización generó preocupación en los territorios afectados.

Corrían rumores de que solamente en una finca alejada de la capital sobrevivían algunas hectáreas pobladas de aquella especie antigua. Las autoridades enviaron científicos a investigar in situ, pero no hallaron ninguna explicación. Los paisanos del lugar tampoco colaboraron en proporcionar pista alguna. En las reuniones de vecinos se hablaba en voz baja de un lugar oculto en el que se llevaba a efecto un proceso clandestino de fabricación de papel, no de excelente calidad pero que permitía editar de vez en cuando un libro, cuyo texto, decían, era rigurosamente seleccionado y su edición trabajada cuidadosamente. También los gobernantes supieron de este rumor, pero su policía jamás lograba desarticular tal empresa, por lo que concluían que se trataba de leyendas transmitidas, eso sí, con intención subversiva.

En cierta ocasión detuvieron a un hombre viejo que había sido señalado por un colaborador del gobierno, debido a su afición a relatar historias en las fiestas y en las tertulias de las tabernas. Fueron a su casa y le hallaron sentado en el suelo sobre sus piernas. En la penumbra de la habitación creyeron ver que leía reconcentrado un libro. Al acercar sus linternas el anciano mantuvo elevadas las manos. Insistieron en iluminar sus palmas, buscando en ellas lo indescifrable. No obstante, bien como prueba o bien por sarcasmo, le preguntaron: “¿Qué lees, anciano?”. Entonces el hombre les mostró las manos desfiguradas por el tiempo y los rudos quehaceres, pegó sus arrugas a los ojos de los policías, y les respondió: “Leo la vida que ha pasado sobre mi carne. Leo el desgaste y la desesperanza. Leo la desilusión porque poco de aquello a lo que uno aspiraba se ha logrado. ¿Qué otra cosa podría leer a mi edad?”. La policía dejó de molestarle. Pero la plantación de aquellos árboles nutrientes continuó fecunda.


sábado, 15 de septiembre de 2012

el método


(Fotografía de Herbert List)


Existen ancianos que se aproximan sutilmente a las mujeres jóvenes. Sin rozarles siquiera aspiran el aroma que emiten sus cuerpos. Se concentran e inhalan el hálito hasta dejarse poseer por su agudeza. Las mujeres perciben inmediatamente el acercamiento intencionado del anciano. Se ponen en guardia. Encaran la mirada simulada o desprecian la lasciva. Con excusa o aparentando casualidad el anciano dispone rodear el cercado de un territorio que le está vedado. Se sitúa en una especie de tierra de nadie que no puede ser objetada. Después, desde su fantasía pretende que es reclamado por la mujer. Una mirada imprecisa o un gesto mal interpretado le hace concebir esperanzas ingenuamente. A veces se dirige a ellas con cualquier motivo tonto, o bien camina detrás demorando el paso, cuando no se detiene en seco al pararse las mujeres ante un escaparate. Es tenaz pero prudente. O más bien hábil. Persigue el olor de la hembra que adivina tras el movimiento de los cuerpos. Se conduce por la imaginación, sacudido por una suerte de deseo recóndito, no extraviado del todo. Hay momentos en que se encuentra en un tris de dar un paso fatal. “Señorita, oiga”, se le oye balbucear con voz quebradiza. Demasiado tarde. Se ha precipitado en recabar la atención y no sabe continuar. “¿Nos conocemos?”, le responde con aplomo ella. ¿Debe eludir la situación con la excusa de que le ha equivocado con una amiga de la familia? ¿O acaso pedir disculpas sin más? ¿Será lo mejor callar y girar sobre sus pasos? La quemazón del fracaso le deja mudo. “El método, es el método lo que me falla”, se intenta convencer en su huída del desastre.



jueves, 13 de septiembre de 2012

la escalera


La escalera ascendía pero no llevaba a ninguna parte. Al final quedaba cortada. La familia había decidido cegar el acceso al piso superior, adaptado para vivienda de inquilinos. La escalera, de peldaños amplios y profundos, permanecía relegada a una mera función de trastero. El tamaño de los escalones convertía a estos en estanterías donde, de manera amontonada, se iban depositando los objetos inservibles. Las telarañas campaban a capricho y el polvo protegía del óxido los enseres metálicos. Aquel espacio carente de luz y repleto de objetos desconocidos y extraños ejercía sobre el niño una atracción desmedida. El temor y la intriga echaban un pulso dentro de él cada vez que se arriesgaba a penetrar en el recinto. La visibilidad sobre los primeros escalones le daban confianza, pero a medida que subía las tinieblas le producían pavor y abandonaba. Sin embargo, cada ejercicio de adentrarse en el siniestro desván él lo vivía como aventura. A la niña le había hablado de aquel reino tenebroso, transmitiéndole la curiosidad. “Tenemos que explorar”, le dijo la niña. “Vas a pasar miedo”, replicó él emocionado pero con cierto aire de superioridad que ocultaba sus propias resistencias. “¿Qué puede pasarnos? Solo hay cacharros”, insistió ella. “Hay sombras también. Sombras que crecen y que se mueven y que hacen burla y que de pronto bajan escaleras abajo”, prosiguió el niño. “¿Cómo puede haber sombras si no hay luz?”, le corrigió la niña. “En mis sueños siempre aparecen las sombras de la escalera. ¿Quieres ver mis sueños?”, apostilló el chico. Conteniendo su tímida picardía no se atrevió a revelarle que ella también los habitaba.


martes, 11 de septiembre de 2012

el viajante



Un hombre de edad avanzada se desplaza a pie, dubitativo y lento. Tira de un soporte rodante que porta una maleta de muestrario. Si se mira el bagaje se ve a un viajante de comercio. Si se observa al hombre se reconoce en él a un individuo abatido. Si se contempla el conjunto destella el claroscuro de una altiva apariencia. Anda y desanda a pasos cortos. Se detiene y acaricia su equipaje. Cambia de dirección varias veces. Al fin opta por venir hacia mí, que hojeo la prensa sentado en una terraza, y me habla: “¿Puede indicarme el Hotel Carlton?”. En mi ciudad no existe tal hotel. Dudo si sacarlo del error o decirle con sencilla complicidad que no sé, que no soy de aquí. De pronto se abstrae, hace un aspaviento e indica el extremo de la plaza. “Ah, ya lo veo. Está ahí. Disculpe”, me dice. Miro yo también al extremo de su dedo. Solo veo el telón de fondo de los árboles exuberantes del parque. Mientras se aleja contemplo su andar lento y pesado, su espalda encorvada, su vestir formal pero desaliñado. Y la maleta. Una maleta de agente de ventas pulcra y consistente que zarandea según agiliza sus andares. Me pregunto qué trasladará dentro de ella que no lleve en su mente.




lunes, 10 de septiembre de 2012

perecimiento


(Fotografía de Herbert List)



Llega a una encrucijada de carreteras. Dos indicadores señalan en sentido opuesto dos poblaciones en ruinas. Una estuvo habitada por una cultura muy antigua. La otra aún humea. Una es de piedra, la otra de ladrillo. Ambas tuvieron un final a sangre y fuego. Luego supuraron olvido. Tiene que elegir entre una contemplación casi mística o la percepción de un testimonio más próximo a su tiempo. En cualquiera de ambas opciones le espera una metamorfosis. No existe viaje para él sin mirada que penetra en el tiempo. La tarde avanza y no se decide. El cielo se emboza en nubes negras. Quiere ver las dos páginas de la historia, pero va a caer pronto la noche y no toma ninguna dirección. Se limita a pasear nerviosamente unos metros arriba y abajo del cruce. No se distingue bien qué hay de anochecida y qué de tormenta oscureciendo el paisaje. Se refugia como puede bajo un cobertizo, indignado consigo mismo. Luego se queda dormido profundamente. Al amanecer, tirita. El sol ilumina tímidamente la tierra. Las señales del camino han desaparecido. El suelo está seco. Un pastor se acerca y le pregunta si le pasa algo. Le embarga la extrañeza. Él no recuerda qué hace allí. Pero sabe que llega de alguna parte. 



sábado, 8 de septiembre de 2012

el artista fotógrafo




Todas las mujeres de la ciudad quieren que el artista fotógrafo las fotografíe. Altas, medianas o bajas, gigantas o chaparras, rellenitas o escuálidas, púberes o avanzadas en edad, obreras o burguesitas, tímidas u osadas, desean ser inmortalizadas. Sublime tentación la tramposa inmortalidad que proporciona una imagen. Cierto que piden imposibles. La mujer mayor le insiste al artista en que la saque como la mujer de los treinta años (edad que consideran fabulosa) Las de mediana edad como adolescentes (edad prohibida que quisieran volver a habitar) Las muchachas quieren aparentar ser mujeres asentadas (locas ganas de adelantarse al tiempo) Las obesas, que muestren menos volumen y las flacas, que resulten mejor pertrechadas. Las obreras piden salir más elegantes y las de clase bien que estén menos emperifolladas. El artista tiene mirada para todas y a todas complace. Ellas se van de las sesiones de gabinete en que han posado como si salieran de un tratamiento de belleza. Bastantes mujeres repiten. Algunas no quieren volver a su estado cotidiano porque, presas de la sugestión, afirman: "por suerte no soy la misma y no pinto ya nada en la vida que he llevado". Misterios de la fotografía.



jueves, 6 de septiembre de 2012

persecución




En el tiempo de las persecuciones las bibliotecas fueron extinguidas. Los esbirros de las autoridades rastrearon cada rincón habitado de la ciudad hasta localizar la biblioteca más insignificante. Daba igual que se tratase de una pila de libros modesta o de una habitación repleta de ellos hasta el techo. Los represores no aceptaban explicación alguna. Ni que se justificase la posesión de libros por el hecho de haber sido heredados, ni por haberse utilizado para estudio, ni por estar comprados legalmente cuando el viejo modelo de mercado libre existía y no se había impuesto todavía el nuevo monopolio de los oligarcas. Los policías del libro se presentaron una madrugada en casa de Hans Gaspar Fabius, de quien los delatores habían informado que contaba por las tabernas demasiadas historias como para resultar creíble que las hubiera vivido todas. En presencia de los vecinos, a los que despertaron bruscamente con objeto de ser también advertidos, requisaron cuantos volúmenes hallaron. "¿Esto es todo?", le inquirieron con severidad. "Esto es todo", respondió firme Hans. "Ya sabe que si la próxima vez que vengamos le encontramos un solo libro será usted intervenido también", le dijeron con cierto eufemismo. "Me hago cargo", contestó él  en un ejercicio de austera concisión. Cuando la patrulla hubo partido y los vecinos volvieron a recogerse en sus casas, Hans Gaspar Fabius abrió de par en par la ventana de su cuarto. Iba clareando. Se sentó sobre sus piernas pendiente del lento despertar del sol. Luego extendió sus manos como si sujetara un libro. Mirando atentamente la desnudez de sus palmas empezó a leer en voz alta. Pero esta vez nadie le oyó. 




martes, 4 de septiembre de 2012

felicidad


(Fotografía de Herbert List)

 

En el amor se entregaba hasta no quedar nada de ella. Cuántos lenguajes conocía aquella mujer. Qué movimientos cadenciosos. Qué gestos de mimo. Qué palabras melosas. Qué jadeos arrebatadores. Coordinaba, como en una orquesta, los ritmos más imprevistos y las cadencias más regulares. Sabía introducir en el libreto el texto adecuado. Situaba en la partitura el compás más dinámico. Lograba agitarse con imaginación y detenerse en el momento justo. Cada paso era una sorpresa emocionante. Si se expandía, invocaba una sinfonía de gemidos. Si se encogía, era un coro de arpegios tenues. Si se alzaba, la resonancia de su voz quebraba la estancia. Si se retorcía, su clamor era un tintineo pausado. Si de pronto se paraba, los acordes de su cuerpo lo convertían en un temblor. Ninguna  mujer me había hecho sentir nunca como aquella mujer. Fui feliz aquella noche. Yo, al otro lado del tabique, lo oía todo.

 

domingo, 2 de septiembre de 2012

búsqueda




Un hombre llega de lejos para buscar una fuente de su infancia. No una fuente cualquiera sino aquella en lo alto de la cuesta, a la que diariamente se acercaba con su bicicleta. Modesta y semihundida en la tierra, algunos vecinos iban a recoger el agua que salía lenta pero constante. Decían que era medicinal, que llevaba siglos, que bebían de ella los peregrinos. El hombre, ese niño, ponía las palmas de sus manos bajo el chorro imperceptible, esperaba y bebía. Era más una ceremonia que la posibilidad de saciarse. Luego bajaba otra vez la estrecha carretera en aquella bicicleta menuda, elemental, sin piñones, de escaso equilibrio. Para él lo era casi todo. Llevaba muchos años sin regresar al lugar. Todos los que separan su niñez de la edad ya provecta. El hombre busca el camino, trata de orientarse, su recuerdo no le basta. Pregunta a algunos viandantes y no saben darle razón. Piensa que no puede ser que la fuente haya desaparecido. Alcanza a ver a un niño que asciende en su bici, pedaleando con fatiga pero contento. Es tan frágil y delgado como él. Le hace señas de que se pare, le pregunta. "Sígueme", le dice el niño sacudiéndose el flequillo. Justo en el mismo lugar donde el hombre ha mirado se para, deja la bicicleta a un lado, toma de la mano al viejo. "Baja conmigo", le dice. Se deslizan entre una pequeña fronda de matorrales, descienden por unos peldaños, ven la piedra humedecida, la tocan, ponen la boca en el caño. El hombre suspira, se le empapan los ojos y se desploma muerto.